La MÚSICA del AIRE

Música del aire

que esparcen los vientos,

melodía pura

que te hace soñar

envuelta en la bruma

de mañanas frescas,

respirando bosque,

pensando en el mar.

Te veo entre hayas

aspirando calma,

con los pies hundidos

entre hojas blandas

que te los sujetan

para no volar.

Y tu cara es SOL

y tus ojos DOS

Tus recuerdos…MIS

y en el aire hay FAS

en las hojas SIS

que se funden LAS

y las notas van

uniéndose más.

Y se forman coros

de voces de amor

que danzan perdidas

a tu alrededor.

Y, al verte, parece

que te vas con ellas

pero ellas se quedan

presas de tu amor.

Para Isabel

JAVIER BILBAO ELIZONDO

EL DESCONOCIDO

EL DESCONOCIDO

La lluvia caía con fuerza empujada por un viento cambiante que impedía cualquier protección.
La noche se convirtió en un continuo parpadeo fluorescente que iluminaba las anegadas tierras de labor entre las que flotaba aquel solitario caserón de piedra del que emergía una cálida y generosa luz a través de los amplios ventanales de la planta superior.
Un hombre, en camisa blanca y vaqueros llegó saltando a grandes zancadas, salpicando de charco en charco hasta el umbral, y pulsó el timbre. Dos fuertes campanadas se oyeron en el interior. Enseguida, Evaristo, el dueño de la casa preguntó desde dentro:
―Sí, ¿quién llama?
―Buenas noches, señor. Perdone la molestia. He tenido una avería. Se está inundando la carretera y no me funciona el teléfono. ¿Sería tan amable de permitirme hacer una llamada?
Evaristo no dudó en abrir la puerta y hacer pasar al desconocido en cuanto observó su estado:
―Pase, pase, por dios, si está usted empapado. Evaristo era un hombre sencillo que acostumbraba a mirar de frente a cuantos ojos se cruzaban por su vida y la mirada de aquel hombre llamó su atención por su excesiva fijeza, desacostumbrada en un forastero.
―Muchas gracias; es usted muy amable ―agradeció el forastero con una sonrisa que a Evaristo se le antojó interrogante
―Pero pase al cuarto de baño, séquese y ahora le traeremos un albornoz, una bata, o incluso un pantalón y camisa secos; no puede permanecer así ―añadió Evaristo mostrándole el baño― ¿venía usted solo en el coche?
―Sí, sí, la carretera se ha cortado por un desbordamiento y el agua empezaba a preocuparme
―No me extraña; hacía mucho tiempo que no caía así. ¿De dónde es usted?
La pregunta dejó atónito al desconocido, que sonrió incrédulo:
―Pero…¿no me ha reconocido?
―¿Reconocerle?, Espere… Ahora que dice…Pero no, no puede ser: ¿el hijo de Andresa?
aventuró Evaristo con cierto temor a equivocarse
―Oh, no ―rió el desconocido― ya veo que no me conoce; no se preocupe, no tiene importancia, y yo lo celebro: me resulta tranquilizador, de verdad; increíble pero realmente tranquilizador.
Evaristo le echó una nueva mirada tratando ahora de identificarlo con algún actor, político o famoso de la televisión; se encogió de hombros y subió aprisa las escaleras en busca de Ramona, su mujer, para ponerla al corriente. Pronto le organizaron una muda completa compuesta por un juego de ropa interior que incluía calcetines, un pantalón y una camisa de la talla de José, el hijo mayor, y la dispusieron frente a la puerta del baño. Le informaron que cuando estuviese listo subiese sin más a la planta superior donde se encontraba reunida la familia y unos amigos.
Cuando el desconocido se hubo cambiado, titubeó y dudó si obedecer a su benefactor y subir, pero a la vista de que nadie bajaba se decidió tras emitir un par de sonoros “¡Holas!” sin respuesta. Un gran salón confortable y acogedor animado por una mesa larga con catorce comensales le recibió con familiaridad y simpatía.
―Buenas noches ―saludó y se detuvo en el penúltimo escalón esperando la lógica y consabida sorpresa y admiración.
Catorce voces indiferentes sonaron en señal de bienvenida: ―¡Buenas!, ¡Hola!, ¿Qué tal?, Buenas noches…
―Venga, venga, use el teléfono y siéntese a cenar, que supongo que aún no lo habrá hecho ―le conminó Ramona.
Los presentes guardaron un respetuoso silencio mientras el desconocido comunicaba su situación y respondieron solícitos cuando el desconocido preguntó la ubicación exacta del punto donde su vehículo se había detenido. Cuando colgó el auricular se restableció de inmediato la animada conversación y los dueños de la casa, en pié, le señalaban una silla dispuesta junto a la cabecera ocupada por Evaristo. Ante él humeaba una reconfortante sopa
―Ha llegado usted a tiempo. Justamente habíamos comenzado a cenar.
El desconocido se colocó la servilleta introduciendo una punta bajo el cuello de la camisa y con cara de asombro y de agradecimiento, a partes iguales, hizo un rápido repaso con su mirada a los rostros de todos los que se encontraban a su alcance: ninguno de ellos daba muestras de reconocerlo y continuaban con sus alegres conversaciones familiares. Al fin notó que Puri, la casada con el hijo mediano le miraba fijamente y le sonreía. Casi se ruborizó al percatarse de que había llegado el momento explosivo e inevitable de la velada. Cuando Puri inició el ademán de dirigirle la palabra, el desconocido se irguió y preparó su sonrisa más campechana para la ocasión
Sin embargo la pregunta no fue la esperada:
―¿Es usted de Madrid?
Los ojos del desconocido denotaron una gran sorpresa y titubeó:
―Bueno, sí; no, digamos que sí, que… vengo de Madrid
―¿Y qué, andaba por aquí de… negocios?
¡Esto era increíble, inaudito, catorce personas adultas, jóvenes y maduras, mirándole y ninguno lo reconocía! ¡A él! Y se notaba que aquello no era ninguna broma. Además tampoco se trataba de gente inculta, de campesinos aislados; tienen televisores, y al parecer todos son profesionales y de suficiente educación…
La cena transcurrió alegremente y las conversaciones trataron sobre temas generales e intrascendentes, seguramente, en honor al invitado desconocido.
Un par de horas más tarde dos hombres llamaban a la puerta y el desconocido se apresuró a acompañar a Evaristo, pues era evidente que respondían a su llamada telefónica. Con prisa se despidió desde el mismo peldaño en que realizara su primer saludo y todos rieron cuando Ramona se percató de que aún llevaba enfundadas las zapatillas de casa de Jose. Los dos hombres recién llegados esperaron visiblemente nerviosos a que el desconocido se calzara sus zapatos, aún mojados, y en una rápida decisión formalizó un trato de trueque de ropas: “Quédense con las mías ya que la talla coincide… o casi, y muchas gracias por todo. Adiós, adiós”
Cuando los habitantes de la casa se hubieron asegurado de que los visitantes ya se habrían alejado lo suficiente, una gran carcajada rompió el momentáneo silencio de la casa:
―¡¿Os habéis fijado?! ¡Es increíble! ¡Parece mentira! ¡Esto lo cuento y no se lo cree nadie!…. Yo he notado que era de Madrid por el acento y por las formas.. pero ¡¿de dónde ha salido éste tío; no ve la tele?! ¡¡No nos ha reconocido a ninguno de los catorce!!

Javier Bilbao Elizondo

¡¡Mi GRITO!!

Mi grito

¡Grito!

¡Y Grito!

¡Y vuelvo a gritar! Pero como nunca había gritado.

Es un grito desgarrador que me seca el alma.

Me da miedo mi grito.

Me asusta.

Me ha destrozado la garganta.

Ya no hablo.

Solo quiero gritar y de mi boca ya no sale voz.

Me duele tanto la laringe que no puedo aspirar el aire que reclaman mis pulmones…

Al fin el aire irrumpe sin consideración y penetra más de lo debido; ahora me duele también el pecho, y el aire se niega a salir; congestiona mi cerebro, el rostro me arde y presiento que voy a estallar por mi propia presión…

Y estallo,

reviento,

exploto,

exhalo un largo y horrendo suspiro que me deja exhausto.

Me derrumbo en un rincón,

roto,

mecánica y anímicamente roto.

Los latidos desacompasados de mi corazón me golpean el cuello con tanta violencia que obligan a mi cabeza a seguir su ritmo. Solo me quedan fuerzas para abrir los ojos y convencerme de que estoy solo y nadie me está provocando el convulsivo movimiento.

Vuelvo a cerrar los ojos.

Permanezco así no sé cuanto tiempo: minutos, horas…. Tiempo necesario para recobrar lentamente la actividad de las neuronas que sorprendentemente se han mantenido vivas y que, inmisericordes, comienzan a descargar sus datos reconstruyendo la fatal realidad:

¡ésta madrugada se han llevado a mi hijo!. ¡A Iker!,

a mi hijo Iker.

Y mi hijo es inocente.

Vuelve el corazón a galopar… Sobran las preguntas; conocemos las respuestas. Las respuestas son las mismas que antes se emplearon para el inocente Alain, para el inocente Xabi, para el inocente Alberto, para los inocentes Garbiñe, Gorka, Iñigo, para decenas, centenas de jóvenes inocentes que no eran mis hijos y que como no eran mis hijos solo consideraba víctimas de la injusticia del Estado. Así: víctimas asumidas de la represión y de la perversa, potente e incapaz maquinaria política. Asumidas, como asumimos su incomunicación en comisaría (y estoy hablando de personas inocentes), sus indenunciables tratos (y sigo hablando de personas inocentes), su traslado a Madrid (continúo hablando de inocentes…), su encarcelamiento preventivo lejos de casa (y me refiero a inocentes…), sus vejaciones, los inenarrables sufrimientos de sus familiares, inocentes también; los sacrificios personales, económicos, morales que les provoca la falta de un juicio que, mientras no se celebre, mantiene el derecho a considerarlos tan inocentes como los jueces que, siempre tarde, les juzgarán.

Y cuando todo acabe… ¡¿cómo puede acabar lo que ya se ha consumado?! ¡No puede acabar; no debe de acabar con una simple sentencia exculpatoria. Porque no se puede reparar tanto dolor, tanto daño infringido a tantas personas cuando se detiene, se secuestra, y se maltrata a un inocente. No debe acabar, porque no debe empezar. No deben de volver a producirse éstas crueldades orquestadas. Las tragedias que ocasionan no tienen reparación posible y los odios que provocan se multiplican exponencialmente. Dudo de que esto último sea el objetivo previsto por quienes ponen en marcha la macabra maquinaria.

¿Ha sido un sueño? Sí, todo ha sido un mal sueño. Mi hijo no se llama Iker. Pero Alain, Xabi, Alberto, Garbiñe, Gorka, Iñigo y todos los demás sí son jóvenes reales, y jóvenes con hijos, padres, hermanos, abuelos, familia y amigos, muchos amigos, que los sabemos inocentes y por los que todavía somos capaces de gritar; de gritar hasta rompernos la voz y con la voz ya anulada, recurrir a la escritura, empezando a no asumir.

Javier Bilbao Elizondo

Barañain, febrero 2011

5 INVIERNOS BLANCOS como…

INVIERNOS BLANCOS como…

las canas:

 

 

¿Qué fue de aquella Fiesta del color que se llamaba Otoño?

¿Quién y cuándo ha barrido su rastro?

¿Quién y cuándo ha permitido la desnudez de los árboles, que ya no me abrigan?

¿Qué viento cruel atraviesa el grueso muro que envuelve mi corazón?

Y la nieve… y la escarcha… y los hielos… cuando empiezan… ¿cuándo acaban?

No estoy preparado aún para éste frío; aún no me he desprendido de los recuerdos vivos que, cambiaron de color pero aún no han caído, y aún me amparan.

¡Espera! ¡por dios, espera! que ya no soy capaz de soportarlo,

hasta otra primavera.

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BLANCOS como…

la escarcha::

 

 

Y llega el invierno, final de una etapa; estación de paso, con parada cruda.

El frío implacable se enfrenta a la vida y somete a los seres a una prueba dura

donde solo triunfa la energía pura

que los cuerpos guardan en forma variada

precavida, interna, bien acumulada,

en cuevas, graneros, en madera, o grasa.

Pero esto es un ciclo y nada se acaba;

superado el tiempo, el invierno pasa.

 

 

 

 

 

 

*******

 

BLANCOS como…

 

la nieve:

 

Él

es feliz

en invierno.

Solo es feliz en invierno.

¿Cómo se puede ser

feliz en invierno?

Pues…

¡siendo invierno!

La desgracia;

su desgracia es que

no puede ser otra cosa

más que invierno.

Pero aún así, él es feliz…

en invierno.

A veces, algunas veces,

tímidamente se asoma al otoño.

Otras visita la primavera, con prisas;

con demasiadas prisas para ser feliz.

Él es de invierno; ¿qué le vamos a hacer?

Pero aún así hace el intento

¿Y tu qué eres? ¿Primavera?

¿Solo primavera?

¿Verano? ¿Eres solo de verano y temes al invierno?

¿Acaso eres menos que él…, que el muñeco de nieve?

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BLANCOS como…

la muerte:

 

INVIERNO: Puerta fría del averno, antesala del infierno para el pobre sin hogar

al que el único consuelo, cuando triste mira al cielo, es que nunca ha sido eterno,

y que, un día, acabará.

Mas… ¿cuál de los dos primero?

 

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BLANCOS como…

una sonrisa:

 

INVIERNO: familiar y recoleto,

reunidos en torno al fuego, se desgranan los recuerdos del año que queda atrás,

y se siembra la esperanza y se riega con promesas

de un futuro amable y cierto que después le seguirá

INVIERNO: ¿Blanco o negro?…

¡De colores y ya está!

Javier Bilbao Elizondo

OTOÑO

EN OTOÑO LA CIGÜEÑA

Con sus alas extendidas

lenta pasa la cigüeña

apenas rozando el agua

sin atreverse a pisarla

por no perturbar con ello

el espejo blanco y plata

que fielmente la acompaña.

Y cuando al fin se decide

a poner allí sus patas

presurosa corre el agua

a rodearlas de anillos

y a encadenarla a su alma

No se apura la cigüeña

y se lo toma con calma

ya conoce bien al agua;

la visita cada otoño:

tiene el derecho de amarla.

 

 

 

 

 

OTOÑO RECUERDOS ― OTOÑO PRESAGIOS

 

Que elegante se viste el verano al madurar. Con qué delicadeza se anuncia el invierno.

Otoño… aperitivo… y postre, que complementa el banquete para el SIBARITA DE LA VIDA.

Entrada amable, portal, antesala, obligado recibidor, amplio atrio, donde exponer las mercancías el clemente precursor de rigores venideros.

Paciente transición que permite a las especies su perfecta adaptación al ciclo infalible de la Tierra. Época de viajes, de cambios de hojas, de pelo, de plumas, de piel, de vida si es preciso; RENOVACIÓN se llama el juego fatal y sencillo que nos altera el humor, que nos alterna los ánimos, y nos obliga a dar la vuelta al armario.

Es en los bosques, tus bosques, donde sublima su verdadero valor; donde despliega su apogeo de color, donde las musas renuevan sus colecciones de tonos en los que se inspiran, para enriquecer con mil ocres las paletas de los poetas. Y en sus susurros descubres risas y llantos de un verano que agoniza, harto, seco…y de un invierno que se asoma, tímido, vacilante, indeciso, inestable aún…, adolescente…

Es fácil hablar del otoño amable, del otoño anual, del que siempre regresa… pero cuando se vive en el otro otoño, en el otoño cruel de los años que no cesan… del que te lleva y no pasa… (porque te lleva… porque no pasa… porque se empeña en llevarte con él…) cuesta apreciar la armonía, aunque la paz venga impuesta, y se tome por equilibrio lo que solo es rigidez.

Javier Bilbao Elizondo

VERANO

VERANO

Espléndido gandul,

maravilloso indolente,

generoso perezoso,

grandioso negligente,

remolón y dadivoso,

admirable soñoliento,

abandonado soberbio,

haragán resplandeciente

Majestuoso Verano,

holgazán, bello, calmoso,

magnánimo dadivoso,

despreocupado glorioso,

lento, flojo, suntuoso,

regio, brillante, y ocioso

solemne, vago y rumboso.

Majestuoso Verano,

magnífico y ostentoso

Javier Bilbao Elizondo

PRIMAVERA

PRIMAVERA

Con la fascinación que desprende la absorta mirada infantil ante el descubrimiento de la belleza, contemplo emocionado el milagro del renacimiento de la Vida; del Primer Verdor, de la “Prima―Vera”. No creo que Giannina Braschi acertara al afirmar que la primavera no sabía nada del recuerdo. Lo sabe todo; ninguna otra estación sabe tanto del recuerdo. El verano no necesita recordar, pues la primavera se lo ha dado todo hecho; el otoño a veces se olvida de dónde viene y a dónde va, y el invierno borra sus recuerdos a propósito, pero la primavera sabe del recuerdo, porque en su recuerdo está la clave de la Naturaleza, y ella cada año lo retoma y lo engrandece. Pero también conoce el futuro, y lo ama, claro que lo ama, tanto que a él, solo a él, se dedica con tal intensidad que se va a dejar morir por prepararlo, cediendo toda su hermosura, todo su esplendor al cálido e indolente verano. Y pasa, claro que pasa, para regresar… segura.

Javier Bilbao Elizondo

«Qué saben el invierno o el otoño o la primavera o el verano del recuerdo. No saben nada del recuerdo. Saben que pasan y que vuelven. Saben que son estaciones. Saben que son el tiempo. Y saben afirmarse. Y saben imponerse. Y saben sostenerse. Qué sabe el otoño del verano. Qué lamentaciones tienen las estaciones. Ninguna odia. Ninguna ama. Y pasan».

Giannina Braschi, El imperio de los sueños.

 

ITZALPE

ITZALPE

 

 

Hay un pueblecito en la montaña navarra llamado Itzalpe, de no más de veinte vecinos, pista semiasfaltada, una treintena de casas, y, cómo no, torre con campanario, que no campana. Antes de llegar al pueblo un especial olor ya nos anuncia cual es la principal, luego sabremos que es la única, actividad a que se dedican sus habitantes: la ganadería. Y al marchar, inevitablemente por el mismo camino que nos trajo, tendremos ocasión de padecer su especial perfume a lo largo de un trecho bastante mayor, pues estad seguros de que lleváis una buena parte de su producto natural bruto adherido a las suelas de vuestro calzado. Así y todo, os aseguro que tiene su encanto; todos los pueblos lo tienen, si estás dispuesto a que te seduzcan, y quizás en éste sea mayor la resistencia que, los no avisados, opongan a dejarse conquistar por sus peculiares habitantes en un primer contacto, en el caso improbabilísimo de que éste tuviese lugar, pero a lo mejor después de leer esto, vuestra disposición de ánimo se encuentra más robustecida y dada a un intrépido acercamiento. Si no es así, no habréis perdido gran cosa; seguramente tampoco habéis estado en Japón y no ha pasado nada ¿verdad?, pero estando tan cerca…

Si os digo la verdad, yo caí por allí por casualidad. Bueno, no; solo por casualidad no, realmente fue porque me perdí. Una mañana de monte… una niebla repentina… un despiste de orientación… y te encuentras en los rasos sin más referencias que el suelo que pisan tus botas. Una balsa que bordeas y en la que descubres con alegría que nace o muere una prometedora pista que te ofrece la esperanza de encontrar, si no un destino feliz, al menos alguna carretera que te facilite la orientación. Con los ánimos reconfortados sigo la pista y tras un largo trecho cuesta arriba comienza a cargarse, por abajo de un extraño barro y por todos los lados de un aroma denso, más que la propia niebla, cálido y sofocante que me envuelve y me acompaña hasta un gran portón cerrado con doble hoja de madera maciza que pone fin, o quizás principio, a la calzada. Y si pone fin a la pista pone principio a un gran caserón de piedra cuya fachada está hendida por dos pequeñas aberturas a la altura de una planta superior semejantes a dos proyectos de ventana: por una de ellas podría asomar con dificultad una cabeza teniendo cuidado de no sacar al exterior las orejas, pues el retorno sería sin duda doloroso si no imposible, y la otra, situada justo sobre el portón, en forma de saetera permitiría exhibir con holgura una mano, si alguno de los posibles moradores tuviese en un momento de su vida tan licenciosa idea. No creo que esto se vaya a dar, pero el constructor, hombre sin duda sin escrúpulos, ahí dejó la tentación al capricho de las apetencias. A ambos lados de la casa dos espacios cerrados por un muro daban la impresión de contener dos huertos, a juzgar por las ramas que asomaban de alguna higuera y de un viejo manzano, pero ninguna de las dos fachadas laterales contenidas dentro de los muros mostraban abertura alguna que diera luz y ventilación al interior de aquella edificación.

Recorrí los treinta y cinco o cuarenta metros que separaban los dos extremos a izquierda y derecha que componían aquel frente y pude comprobar que me encontraba al fondo de una especie de plaza formada por unas casas sólidas aunque sencillas, de dos plantas en las que la planta baja servía de portal de acceso a las cuadras, ahora abiertas y vacías pero con claros signos de habitual ocupación, y a las escaleras que ascendían a las viviendas. Podía haber pensado que me encontraba en el foco de origen del pestilente hedor pero una mirada al suelo me mostró que no existía ninguna diferencia entre la composición de lo que pisaba dentro o venía pisando fuera desde hace un buen rato.

No se oía nada; ni a nadie. Calculé que podían ser las tres y media o cuatro de la tarde y pensé que alguien podía venderme un pan, un queso o un chorizo, porque aunque soy capaz de no sentir hambre durante veinticuatro horas el hecho de relacionar la hora con el hábito de comer provocó el efecto de despertarme el apetito. Y llamé:

¡Hola!… Egun on!

Nada

¡¡HOLA!! ―más alto

Nada

Me decidí a subir por la escalera interior hasta una sencilla puerta que se encontraba entreabierta. Pegué con los nudillos añadiendo:

¡Hola!… Arratsalde on!… Buenas tardes.

Al no recibir respuesta me di la vuelta y volví a la calle. Lo intenté en la siguiente casa; la escena era exacta. Salí de nuevo y crucé la plaza hasta el lado izquierdo. El primer edificio daba la impresión de haber servido alguna vez de iglesia porque tenía una pequeña torre campanario, aunque se encontraba totalmente vacía. Entré en el siguiente portalón y me dirigí escaleras arriba directamente a la vivienda. Me enfrenté a la consabida puerta entornada y di un solo golpe seco:

Buenas tardes, ¿hay alguien aquí?

La voz de una anciana me respondió:

Pasa, pasa hijo. ¿Vienes solo?

Una pequeña y adorable viejecita estaba terminando de fregar la antigua cocina de fundición y me habló sin dar casi importancia a mi presencia:

Pasa y siéntate. Ahora te saco algo de comer, porque… no habrás comido, claro.

Sonreí convencido de que la pobre mujer me había confundido quizás con un hijo suyo u otro pariente y sin pensar comencé mi frase con un “no…”; yo quería decirle que “no, no soy de aquí. Usted me ha confundido” pero en cuanto oyó el “no” comenzó:

Bien, entonces siéntate, que te prepararé alguna cosica rápida, aunque con ésta niebla más te apetecerá algo caliente. Precisamente hoy tengo una sopica riquísima de verduras y un guiso de cordero…

Iba yo a interrumpirla cuando el estómago me dio un pescozón: “¡Qué vas a hacer, insensato; siéntate y calla!”. Yo me revelé y entonces ella añadió:

―…con pataticas, que te vas a chupar los dedos.

Pensé que, ella y mi estómago, ya eran dos los que me habían ordenado sentarme y que siempre habría tiempo para aclaraciones, así que con cierta timidez pero con firme propósito tomé asiento temeroso de que apareciese alguien y descubriese mi intrusión… antes de tiempo. Entonces mientras me preparaba los cubiertos me sorprendió:

Te has perdido ¿eh? ¡Ay, ésta niebla! Un día va a acabar con nosotros. Si no fuera porque gracias a ella viene gente como tú…

Perdone… no le entiendo

Espera que bajo a por vino

Y salió de la cocina escaleras abajo, chiquitica, encorvada; parecía más propio que bajase rodando que sobre sus menudos pies. Enseguida regresó con una botella cerrada de vino tinto sin marca que dejó sobre la mesa y a la que arrimó un sacacorchos.

Anda, hijo, échate un trago que te vendrá bien para calentarte y reponer energías.

¿Vive usted sola?

¿Sola? Aquí no se está sola nunca. Excepto los días como hoy, los días de ésta niebla espesa.

Perdone, pero… antes ha dicho que gracias a ella viene gente… No le entiendo

Viene gente cuando viene gente; cuando no viene gente no viene gente; no es tan difícil de entender. Cómo se os nota a los de fuera; cualquiera de aquí ya habría caído.

Perdone, yo…

Déjate de perdones y de perdones. Pareces Don Perdones. Pues mira, ya hace unos buenos años que tuvo que irse corriendo de aquí.

Perd… ¿quién?

Don Perdones; el párroco del valle. Aquel también… Se llamaba Florencio pero yo le decía Don Perdones. “Yo te perdono en el nombre del padre… Yo te perdono en el nombre del hijo… Yo te perdono en el nombre del Espíritu Santo, amén”. Pero nunca le he oído decir “yo como ternera en el nombre del padre, me llevo éste cordero en el nombre del hijo, y me zampo el jamón en nombre del Espíritu Santo”; eso siempre lo hacía a su nombre. Una vez tuvo el atrevimiento de traerse una vasija de diez litros para que se la llenásemos de leche de oveja y yo le dije: ¡Qué suerte Don Perdones…!, no, la verdad le dije Don Florencio­­­­ ¡qué ocasión más buena tiene usted para aprender a ordeñar ovejas!. Se quedó parado pero en cuanto le saqué la banqueta salió arreando con el coche cuesta abajo sin darle tiempo a poner el motor en marcha. ¡Ay, mira ahora por hablar me está hirviendo la sopa! No te quemes.

La sopa me supo divina, y el guiso de cordero… con pataticas… extraordinario. El pan magnífico, y el tinto portentoso. ¡Qué placer! Milagrosamente aquella caritativa anciana se mantuvo en un solemne y respetuoso silencio durante mi paladeo permitiéndome el disfrute en todo su esplendor. Es más, estoy convencido de que ella disfrutaba conmigo cada bocado porque sentada frente a mí se limpiaba con la servilleta la boca cada vez que yo lo hacía.

Solo cuando hube acabado de saborear un cargado y, aunque extraño, reconfortante café creí que era el momento de retomar la conversación interrumpida:

Y bien, ¿qué me decía usted de la gente que viene cuando hay niebla?

Mira hijo, éste es un pueblo muy apartado, un pueblo sin alicientes, un pueblo hecho solo para nosotros: los de aquí. Aquí no vienen turistas, ni viajeros, ni curiosos, porque aquí no hay nada que curiosear. Aquí, por lo que dicen, solo hay mal olor, y el mal olor espanta a los excursionistas, a los posibles visitantes. Solo cuando hay niebla tan cerrada como la de hoy alguien que se pierde en el monte encuentra casualmente la pista y si se aventura a seguirla sus pasos acaban aquí, y cuando llegan no encuentran a nadie porque aquí todo el mundo trabajamos con el ganado, o en el monte, y ocurre que la niebla nos impide encontrar el camino a casa y entonces somos nosotros, todos nosotros, los perdidos. Ahora mismo todo el pueblo anda perdido por ahí y no regresarán hasta que la niebla levante.

Pero, ¿y el olor? Yo venía sintiéndolo desde hacía mucho rato; ¿no les orienta el olor?

No sentimos el olor. Estamos tan hechos a él que no somos capaces de apreciarlo. Sabemos que está ahí porque nos lo decís vosotros, los forasteros.

Entonces es usted la única que se queda?

Hoy; hoy sí, me ha tocado a mí esperarte.

¿Sabían que yo iba a venir? Oiga, ustedes…, usted me ha confundido con alguien a quien esperaban; no hay duda

¿Esperar? Aquí no esperamos nunca a nadie en concreto. Ya te he dicho bien claro lo que pasa los días de niebla. Suelen aparecer extraños y a los extraños hay que recibirlos bien; gracias a vosotros sabemos las noticias del exterior.

¿Del exterior?

Sí, de fuera, del mundo de lo que pasa ahí fuera

Pero… ¿no ven televisión? ¿no oyen la radio? ¿no leen periódicos?

No hijo, no. Lo tenemos prohibido. No nos lo permiten

¿Quién? ¿Quién puede impedirles…?

Los Sorgain.

Al decir esto bajó prudentemente la voz convirtiéndola en un susurro. Yo la imité sin saber muy bien la razón, porque allí aparentemente no había nadie que nos pudiese escuchar y susurré:

¿Quiénes son los Sorgain?

Los amos. Los dueños

Los amos de qué

Los amos de todo… y de todos. Habrás visto su casa aquí al lado, justo al final de la pista.

Sí, he visto esa casa, pero ¿vive alguien ahí? No he visto ventanas, solo…

No hay ventanas, no señor ―confirmó la vieja

y es más… añadió bajando la voz― solo hay una puerta y jamás salen ni entran por ella.

Viven encerrados… ¡¿siempre?!

¡No señor! Salen todos los días. O mejor debería decir que salen todas las noches y vuelven todos los días

Pero si me ha dicho que ni salen ni entran… Ah… no me diga que caben por esa ventana.

¡No señor! Yo no he dicho tal cosa. Y baja la voz, haz el favor; ―se acercó más a mí y casi me suspiró― la casa no tiene ni más puertas ni más ventanas; ellos salen todas las noches pero no cruzan la puerta ni las ventanas.

Comencé a mirarla con cierto recelo. Era evidente que aquella señora desbarraba. Ya empezaban a ser demasiadas las cosas absurdas que me contaba, así que me puse en pié dispuesto a agradecerle la comida y marcharme.

Ella me cortó el paso:

Piensas que estoy loca ¿no es verdad? Lo comprendo; nadie se lo cree. Nadie se cree nada… hasta que lo ve.

Permanecía allí delante de mí, cerrándome el paso hacia la puerta de salida, y comenzó a parecerme impertinente. Decidí irme antes de que la situación se pusiera más tensa

Bueno señora, no tengo más remedio que dejarla. Le agradezco muchísimo la comida pero temo que se me haga más tarde y la niebla persista, así que…

Su mirada se convirtió en escrutadora; esbozó una sonrisa indescifrable y se retiró un par de pasos sin decir nada. Yo en ese momento estuve a punto de rectificar; al ver que no oponía resistencia a mi escapada me avergonzó mi actitud desagradecida, pero ante una notoria enajenada lo mas prudente era alejarme de allí cuanto antes.

No dije ni adiós; no fui capaz. Me parecía una provocación, una falta de respeto hacia su enfermedad. Bajé la cabeza y descendí por las escaleras hasta el zaguán. La puerta exterior permanecía abierta y una especie de tupida cortina lechosa ocupaba todo su espacio; era la niebla aún más densa, si cabe, que cuando llegué; no se apreciaba ni el suelo. Dudé al salir sobre cual era la dirección correcta que debía de tomar y tuve que recordar mis pasos anteriores. Me subí bien los cuellos del anorak, y pegado a la pared de la derecha comencé a andar. Las fachadas de las casitas se iban sucediendo ininterrumpidamente y todas mostraban sus puertas, unas abiertas totalmente, otras solo entornadas y en todas el silencio era total. Habría recorrido cinco o seis, unos treinta metros, cuando me sobresaltó la cabeza enorme de una vaca que me impedía el paso. Pude sentir el calor de su respiración a través de su húmedo hocico casi a la altura de mi cara. Al verme tan cerca levantó el morro y sonó su esquila. No se separó de la pared, y al tratar de esquivarla pude darme cuenta de que pegada a ella había otra, con la cabeza por encima de los cuernos de la anterior. Más a la izquierda otra apretada a ellas y luego otra más y así hasta que terminada de cruzar la plaza me encontré en la fachada opuesta. Las vacas formaban una barrera compacta que impedían materialmente el paso. Prácticamente no se movían, no avanzaban, solo de vez en cuando hacían oscilar sus cencerros con ligeros levantamientos de cabeza. El sonido me indicaba que tras el frente que se me presentaba había muchas más. No sabía qué hacer. Rechacé la idea de volverme a buscar la casa de la acogedora anciana y pensé que ya que todas las casas se encontraban abiertas podía refugiarme en cualquiera mientras las vacas decidían liberar el camino, así que entré en la primera del otro lado, el opuesto a la anterior y como en el portalón no había donde sentarse me atreví a subir a la vivienda con la seguridad de encontrarla también abierta. Cual fue mi sorpresa al empujar la puerta y encontrarme en la cocina a la dichosa anciana sentada tras una mesa camilla.

Que no puedes pasar ¿verdad hijo?

No… las vacas.

¡Claro, las vacas!. Ya sabía yo que te las ibas a encontrar, pero como te ibas tan decidido… ¡Ay…!

No supe qué decir

Ella continuó hablando:

Son las únicas que no se pierden

El silenció que siguió lo aproveché para entretenerme con extraños pensamientos como por ejemplo: porqué si las vacas saben el camino los vecinos del pueblo no las siguen para poder volver, o a qué estarían esperando ahora las puñeteras vacas ahí paradas, o cómo diablos sabía la vieja de marras que iba a subir yo a ésta casa, precisamente a ésta. Las respuestas fueros cayendo como el chorro de agua en una fuente:

Las vacas pacen a sus anchas por el monte sin que nadie las vigile; ellas saben cuando y a donde tienen que volver y en el campo no necesitan cuidados; detrás estarán las ovejas y las cabras que son más tontas y hay que estar más atentos a sus movimientos pero que tampoco se pierden, y luego quedan los cerdos y los caballos, que esos pasan las noches fuera.

La primera pregunta contestada.

Ahora estarán ahí, sin moverse hasta que Gaztún les dé la orden

Segunda pregunta respondida, aunque a falta de aclarar quién es el tal Gaztún.

Ya sabía yo que vendrías a ésta casa a refugiarte; a todos les pasa lo mismo, y ninguno se aventura a volver a la compañía de una vieja chocha.

Tercera. Ya, como me adivinaba el pensamiento, no hice ningún esfuerzo por hacer más preguntas

¿No quieres saber quién es Gaztún?

¿Quién es Gaztún? ―hice la pregunta sin ganas y sin ningún interés. Ya empezaba a cansarme tanta historia.

Se conoce que se me notó mucho y ella empleó el mismo tono de dejadez para responderme:

El hermano de Samin.

Yo seguí con la desidia:

Ah, que bien. Mucho gusto

¿Mucho gusto?, ¿¡Has dicho mucho gusto!? ¡Son los hermanos de Argibeltz! ―Se enfureció de verdad

Yo no sabía si seguirle la corriente o salir huyendo de allí escaleras abajo, saltando por encima de las vacas, y cuando estaba ya dispuesto a lo último me agarró de la muñeca con una fuerza impropia de su edad, me mantuvo en mi silla y dulcificando la cara y con voz firme pero cariñosa comenzó a explicarse:

Discúlpame si me he excitado, hijo. Compréndeme: no tengo mucha costumbre de hablar con otra gente que no sea del pueblo y se me olvida que no conocéis la historia. ¿Quieres que te la cuente?

Ante el peligro de que me rompiese un brazo o los dos si me negaba, accedí:

Cuénteme, cuénteme.

Se dio cuenta enseguida de que mi repentino interés se debía a la clara amenaza de tortura y trató de hacer más agradable la situación. De momento me soltó el brazo al que aún tenía aferrados como garfios sus ganchudos dedos, cosa que agradecí mucho, momento que aproveché para masajeármelo intentando recobrar la circulación sanguínea. Una mirada lastimera me dio a entender que la perdonara, y puesta en pié comenzó a buscar en los armarios de aquella cocina mientras decía en voz alta: ¿Dónde tendrá ésta el café?… Nos vamos a preparar dos cafetitos y vamos a echarles unas gotitas de patxarán…

Para preparar los “dos cafetitos” metió unos puñados de astillas en la cocina, luego puso una capa de cardos secos y unos trozos de hongo e hizo saltar chispas golpeando una piedra con un instrumento metálico, sopló ayudándose con un fuelle y cuando creyó conveniente volvió a echar más astillas. Yo no veía el resultado porque permanecí sentado, e inmóvil, pero pronto se oía un crepitar de fuego que reguló con maestría por medio del tiro. Vi cómo, mientras se calentaba la leche en un pequeño recipiente, introducía un par de cucharadas de café en un calcetín.

Y me aclaró:

Es centeno… y cebada… y trigo… y avena…, tostados; aquí café café no hay pero con la leche de oveja está rico.

Luego, como me temía, filtró la leche a través del calcetín y sirvió los “dos cafetitos”. Acercó un frasco de miel, y una garrafa de patxarán.

No hice ascos, y me dispuse a escuchar:

Mi nombre es Casimira, Casimira Mendiola, que no te había dicho.

Bueno, pues yo soy Elías. Elías Gambarte. Cuénteme Casimira

Hará unos cuarenta y cinco o cincuenta años, murió Fermín Sorgain dejando viuda a Leider Zarramín, con dos hijos: Samin y Gaztún, y en camino una hija: Argibeltz. Los Sorgain nunca fueron queridos en el pueblo, aunque siempre muy respetados. Respetados por miedo; temidos. Eran los propietarios de todos los terrenos y nosotros siempre hemos trabajado para ellos; a cambio de… nada, prácticamente de nada. Consideraban que nos hacían un gran favor permitiéndonos vivir en sus casas, porque éstas casas, todas las casas del pueblo, eran, bueno, son, suyas. Y las vacas, las ovejas, cerdos, cabras… en fin, todo, les pertenecía, aunque nuestra obligación era cuidar, ordeñar, esquilar y elaborar los quesos, mantequillas, jamones, chorizos y demás, sin podernos quedar absolutamente nada sin su permiso.

La historia comenzó a interesarme y quise aclarar algo:

Pero, dígame: ¿cómo era posible hacer todo eso en un pueblo aislado como éste, sin carretera que permita el transporte de… la leche, por ejemplo?

Esto no fue siempre así. Que va; menuda carretera teníamos. Bajaba hasta la general y siempre bien asfaltada, y por ella venía diariamente el camión de la Central Lechera, y furgonetas de reparto, y Don Florencio, Don Perdones, todos los domingos a celebrar la misa.

¿Se refiere a… la pista?

Ahora, es pista. Porque se abandonó y el tiempo y el clima la deshicieron. Y porque la maldita Argibeltz con la única ayuda de sus dos hermanos inundaron la vaguada para crear una balsa que cortase para siempre la carretera en dos; Luego hicieron desaparecer varias decenas de metros del otro lado y plantaron abetos para que nadie reconociese el antiguo camino y dejar así al pueblo incomunicado.

Al pueblo… y a ellos mismos ¿no?

Pero ellos lo quisieron, y a nosotros ni nos preguntaron. Déjame que te siga contando:

¿Por dónde iba?… Ah, la muerte de Fermín. Fermín era malo, egoísta y exigente, pero mientras él vivió la gente vivía. Vivíamos todos sin quejas, porque estábamos acostumbrados al trabajo duro y porque así había sido siempre, pero al morir quedó como heredera y única dueña Leider; una mujer extraña, muy extraña, de quien se decía que tenía unas anormales facultades

Como… ¿por ejemplo?

Como por ejemplo cambiar de color completamente cuando se enfadaba ―se ponía verde, totalmente verde, o hacer uso de una fuerza descomunal ―en una ocasión levantó y volcó una carreta llena de leña que subía por la carretera sin su permiso― o pasar toda la noche completamente desnuda en el monte nevando y volver por la mañana acompañada de un lobo y solo aparecer las huellas del lobo sobre la nieve. Cosas así

¿Brujería?

¡Ésa fue nuestra maldición! ¡Ésa fue la palabra maldita que provocó nuestra condena! ¡Brujería!. En cuanto llegó a sus oídos nuestra sospecha comenzó a defenderse dejándose ver cada vez con menos frecuencia y no permitiendo que sus hijos conviviesen con nadie más que con ella. Así crió a los dos chicos y a Argibeltz que nació dos meses después de morir Fermín. Yo me acuerdo de Samin y de Gaztún, dos chicos brutotes, pero a Argibeltz nadie la recuerda; nadie le conoce realmente, aunque se asegura que desde su nacimiento tiene más acusados los poderes y las extravagancias de su madre. Se cuenta que, en una ocasión, cuando tendría nueve o diez años, alguien la vio a través de las ventanas moverse de habitación en habitación con el pelo ardiendo como una antorcha; se lo contaron el domingo a Don Florencio y éste decidió interesarse. Le abrieron la puerta y según contó él mismo mientras hablaba con la madre apareció Argibeltz en lo alto de la escalera y al ver al cura lanzó un rugido tan intenso que saltaron todos los cristales de la casa y su cabeza volvió a incendiarse mientras le señalaba y le ordenaba ¡Fuera! ¡Fuera de aquí! ¡Ahora mismo!. Después de eso cada vez se les veía con menor frecuencia. Hasta que una noche la campana de la torre comenzó a sonar insistentemente y todos los vecinos extrañados nos reunimos en la iglesia. Nadie sabía quien nos había convocado ni para qué. Cuando todos estábamos sentados entraron Samin y Gaztún; de un salto se subieron de pie al altar, lo que provocó el escándalo de todos, y habló Samin: “Nuestra madre ha muerto. Todo Itzalpe ha muerto. Podéis iros en paz”. En ese momento se sintió un golpe terrible en el exterior y cuando abandonamos la iglesia la campana estaba en el suelo hecha añicos. Inmediatamente después de eso los dos hermanos, por orden de Argibeltz, levantaron cuatro nuevas fachadas de piedra pegadas a las anteriores, pero sin ventanas; solo dejaron una gran puerta y esos dos huecos que habrás visto si te has acercado lo suficiente, Por ese portalón salían y entraban siempre de noche en un carro cerrado tirado por cuatro caballos los dos muchachos; Argibeltz jamás abandonaba la casa. La apertura de la gran puerta era anunciada siempre por una campanilla, que una misteriosa mano, que todos suponíamos de Argibeltz, hacía oscilar asomando por la estrechísima ventana que hay sobre el portón; y tanto sonaba al salir como al regresar; el propósito de aquel sonido era que ninguno de nosotros nos encontráramos estorbando el paso al carruaje; al oír la campanilla debíamos de escondernos en nuestras casas pues, de lo contrario, los caballos seguirían su galope y no se detendrían ante ningún impedimento; pasarían por encima de personas mayores, niños, o animales sin ninguna contemplación, y así fue porque a partir de entonces raro era el día en que no aparecía alguna oveja, cabra, e incluso vaca atropellada en mitad de la carretera. La indignación era grande porque temíamos que se pudiera producir un accidente grave en el que pudiera salir perjudicada alguna persona, y desgraciadamente no pasó mucho tiempo en ocurrir una horrible desgracia: caballos y carro aplastaron a un pobre niño de tres años que por descuido de sus padres intentó cruzar mientras el carretón salía a toda velocidad; no se detuvo siquiera. Aquella noche hubo una reunión general y con los ánimos exaltados decidimos reclamar responsabilidades presentándonos ante la casa y exigiendo ser recibidos por los tres hermanos. Esperamos al amanecer en la plaza a que regresara el carruaje, como acostumbraba. Apareció la mano por la saetera, hizo sonar la campanilla, y al momento aparecieron los caballos subiendo al galope cuesta arriba. En ese preciso instante sonó un crujido y los grandes goznes de hierro forjado chirriaron mientras las dos pesadas hojas de madera se abrían en abanico dejando paso libre a un oscuro recinto. Inmediatamente el carro pasó ante todos nosotros como una exhalación y las dos puertas se cerraron violentamente tras él. No sirvió de nada la rapidez con la que los más jóvenes trataron de reaccionar, pues las puertas se cerraron con un golpe seco. Comenzamos a aporrear la puerta, primero con los puños, luego con palos, y más tarde con martillos, pero todo era inútil. Alguien propuso darle fuego; era de madera muy antigua; estaba muy seca y no sería difícil quemarla si no se decidían a abrirnos antes. El fuego llegó de la mano de un vecino; amontonamos paja en el suelo frente a ella y arrimamos la antorcha; las llamas la lamían pero solo conseguían oscurecerla; cuando la paja se quemaba las llamas también se apagaban. Alguien trajo leña y por fin conseguimos quemarla. Sorpresa

Casimira se calló y se pasó las manos por la cara, como queriendo retirar el recuerdo

¿Sor…presa? ―pregunté sin poder imaginar qué más complicaciones podía contener la historia

Sorpresa. Y de las gordas. No me preguntes cómo lo hicieron. Nadie lo hemos sabido, pero ahí estaba: una pared. Una maciza pared de piedra tapiaba totalmente el hueco por donde tan solo unos segundos antes había pasado un gran carro tirado por cuatro caballos. Una pared indestructible que impedía la entrada al edificio… y la salida. Los dos tableros fueron repuestos en dos o tres días, pero ya jamás pudo nadie entrar ni salir por esa cancela.

¿Quiere usted decir que detrás de esas puertas de madera solo hay una pared?

Tan firme como el resto de la fachada

Pero entonces… ¿por donde…?

¿Salen? ―se encogió de hombros y aseguró:¡Salen!

Pero ¿cómo?

Salen, hijo, salen. Sin carro, sin caballos pero ellos salen, y no son pocos los que los han visto en los bosques, en los rasos, en los arroyos. Salen y… entran, y algunas veces no solos.

¿Qué quiere decir?

Que cuando les viene en gana se llevan consigo lo que les apetece; una oveja estuvo balando toda la noche porque oía dentro a su cría llamándola… Pero nadie les ha visto nunca entrar ni salir y por lo tanto nadie sabemos por donde lo hacen. Desde entonces esa casa aparentemente solo es visitada por buitres.

No di importancia a esto último pues sin duda se referiría a que los buitres sobrevolaban el edificio buscando quizás carroña procedente de sus deshechos, de sus basuras, pero a ella le pareció que mi apatía se debía a una falta de interés o de atención a la historia y entonces insistió:

Buitres. Tres buitres.

La miré. Tenía su mirada fija en mí, como diciendo: “¿Te das cuenta de lo que te estoy dando a entender?”

Yo me resistí a entrar en el juego. Una cosa era escuchar con respeto unos hechos o una versión de unos hechos más o menos deformados y otra muy distinta aparentar que creía en fantasías de ese tipo. Así que como única concesión repetí sus dos últimas palabras:

Tres buitres

Tardó unos segundos en dejar de escudriñarme, y al fin cedió. Continuó con el relato:

El caso es que unos días más tarde nos enteramos de que habíamos quedado aislados por la construcción de la balsa que cortaba la carretera. No volvimos a recibir visitas. Y nadie volvió a salir del pueblo; si alguno se atrevió a hacerlo ya no regresó. No sabemos si perdido al salir o perdido al intentar volver, pero ya no volvimos a tener más noticias del exterior que las que nos puedan traer las personas que trae la niebla.

Sin darnos cuenta la luz que entraba por la ventana se iba haciendo cada vez más escasa y ya nos encontrábamos casi en penumbra; la tarde avanzaba y la conversación de la anciana me había hecho olvidar el paso del tiempo. Me levanté repentinamente pero en el mismo instante comprendí que no era prudente aventurarme en la persistente niebla a punto de anochecer. Casimira, confiando en mi sensatez, se apresuró a ofrecerme una solución más lógica:

Así no puedes abandonar esto, hijo. Vamos a mi casa y te prepararé un cuarto para que pases la noche.

La situación era tan obligada que no pude oponer resistencia

Sí, ¡vaya!, el tiempo se me ha echado materialmente encima; se lo agradezco mucho

Fregó ligeramente las dos tazas y vasos utilizados, los dejó escurriendo sobre un paño junto a la cocina y comenzamos a bajar el tramo de escaleras que nos separaba de la calle cuando oímos una campanilla agitada con fuerza. En seguida decenas de mugidos me recordaron a las vacas que ¡habían permanecido silenciosas en el mismo lugar toda la tarde! y empezaban a avanzar decididas, por fin, a recogerse cada una en su pesebre.

Ya has oído la campanilla ―me dijo, sujetándome el brazo para que no siguiese con mi intención de salir al exterior.

Me detuve por fuerza, pues estábamos en la primera casa de entrada al pueblo y el grupo de animales era tan compacto que se apretaba contra las paredes arañando con la cornamenta las piedras de la fachada y las maderas de las ventanas, mientras pujaban por abrirse paso hasta sus respectivos establos. Poco a poco el grupo se fue descomponiendo, la niebla volvió a ocupar enteramente su protagonismo y pronto dejaron de oírse los últimos cencerros. La vieja repitió su última frase, pero ahora con mucho más énfasis:

Ya has oído la campanilla

¿Argibeltz? ―me dio una especie de escalofrío al comprender el significado de mi propia pregunta.

Casimira no respondió; no respondió con palabras aunque la lentitud con que fue bajando la mirada desde mis pupilas hasta sus pies tuvo mucho más significado que un rotundo “sí”.

Y ahora, si quieres, verás salir a “los buitres”. ¡Vamos!

Dio un paso decidido y salió a la calle seguida por mí; me costaba trabajo mantener su rapidez. Cruzamos la plaza en diagonal hasta llegar a su casa y se detuvo en la entrada; solo alcanzábamos a distinguir entre la niebla hasta media altura de la fachada del enorme caserón de los Sorgain. Iba a preguntarle a dónde debería yo mirar y ya estaba ella señalando con su índice hacia la parte más alta de la ciega pared. Allí debía de estar el tejado pero yo era incapaz de distinguirlo. En ese instante noté una vibración en el aire seguida del sonido de un lento aleteo y tres sombras oscuras abandonaron el caserón en dirección a la salida de la plaza; en la dirección marcada por la pista; por la pista que ya no lleva a nadie a ninguna parte.

Ahí van; como todas las noches ―dijo Casimira santiguándose.

Sentí la misma sensación que si alguien me hubiese vertido agua fría por la espalda. La imagen en sí no tenía nada de terrorífica. Es más, ni siquiera hubo imagen; lo que vi fue una sombra; tres sombras de tres pájaros grandes que cruzaban el cielo entre la niebla al anochecer. Lo espantoso era el significado que, repentinamente, adquirió la espeluznante historia que aquella buena mujer me había relatado.

Como os podéis imaginar, aquella noche no conseguí conciliar el sueño; deseaba ardientemente que pasara rápida y que el día siguiente se presentara despejado para alejarme cuanto antes de aquel extraño lugar. Justo al comenzar a clarear volví a oír el sonido de la campanilla e infantilmente metí la cabeza bajo la manta para evitar volver a ver el paso de las sombras en su regreso. Segundos después ya estaba yo, con las botas puestas y mi mochila al hombro, saliendo sigilosamente a la cocina con la intención de irme sin esperar a más. Allí estaba Casimira con el fuego encendido y calentando un puchero con leche.

No has dormido ¿verdad hijo?

Pues, no; la verdad.

Ya, ya. Desayuna y anda. Aprovecha ahora que aún no han caído las nubes. Enseguida empezará a aparecer la gente. ¿Prefieres leche de cabra o de oveja?

¿No tiene de vaca? ―pregunté extrañado después de haber visto tantas

No hijo; las vacas dejaron de dar leche desde que se vieron obligadas a obedecer a la campanilla de esa bruja.

Creo que desayuné con leche de oveja y que me fui limpiando los labios por la escalera mientras me despedía con un “agur”.

El viaje de regreso fue un viaje en línea recta solo desviado lo imprescindible para sortear los árboles de los bosques que dificultaban mi camino. Ni una mirada atrás en las cuatro o cinco horas de marcha hasta encontrarme en el pantano de Yesa; lejos, muy lejos de donde había partido el día anterior.

»»»»»»»»―««««««««

Hasta aquí la historia que escribí en el año 1973 a la semana de suceder. Hoy, según he podido comprobar en el Catastro, la Diputación de Navarra ha rehabilitado el pueblo, dotándolo de una magnífica carretera y de todos los servicios propios de una población moderna. Lo he localizado con el Google Earth y se aprecia con toda claridad el imponente caserón… con un gran patio interior…

Su anterior nombre ha sido sustituido por otro que prefiero silenciar.

Según informes de SEPRONA la población de buitres en Navarra ha aumentado, desde aquella fecha, hasta alcanzar cifras preocupantes.

Javier Bilbao Elizondo

Junio 2011

LA FANTÁSTICA HISTORIA DE TATIANA (del CIRCO SAIBOT)

TATIANA

..

§ CAPÍTULO PRIMERO §

Una pequeña presentación―

Mi nombre es Tatiana. Sólo Tatiana; mis apellidos son tan complicados que no los recordarías. Y, por otra parte, no creo que conozcas a muchas Tatianas, así que no es necesario que te complique la vida con unos apellidos rusos y polacos muy, muy raros. Y mis apellidos son rusos y polacos porque mi padre nació en Rusia y mi madre en Polonia. Yo nací en un tren que serpenteaba por algún lugar entre Italia y Francia. El tren paró después en varias estaciones pero mis padres decidieron no registrarme hasta el día siguiente, solo cuando llegamos a Marsella. Ese era nuestro destino… provisional. Allí debíamos de actuar. Formábamos parte de un Circo. El Gran Circo SAIBOT. El Circo que fue mi vida hasta mis nueve años y después mantuvo su influencia de tal forma que a él debo todo, absolutamente todo lo feliz y lo desgraciada que he llegado a ser.

Esta noche he tenido un sueño: alguien me pedía que le escribiese mi nombre en un papel pero ningún lapicero escribía. Ni los bolígrafos, ni los rotuladores… ¡nada!, imposible. Me he despertado agitada y lo primero que he hecho al levantarme ha sido comprobar que era capaz de escribir. Por eso he empezado así:

Mi nombre es Tatiana…

Y me ha dado tanta alegría sentirme capaz de escribir que, ahora que me he quedado sola porque mis hijos ya se han ido al colegio y mi marido, que es zapatero, a nuestro pequeño taller, me apetece mucho seguir y contarte un poco de mi vida. Tengo 35 años. Pero no te apures porque no voy a aburrirte con una historia de mujeres mayores; verás:

Yo diría que mi historia se divide en tres capítulos: el primero comienza antes de nacer yo y se acaba, casualmente, el día en que cumplo los nueve años; estoy segura de que es el que más te va a gustar ¹. Luego hay un segundo capítulo, del que no te cuento nada -o sea, que no tiene nada para leer y lo quitamos– hasta justo el día en que cumplo 28, y luego verás porqué digo también casualmente. Y por último el tercer capítulo, la continuación, posiblemente el más emocionante para mí, porque aún no ha terminado.

Piensa que éste primer capítulo está escrito por la Tatiana de 9 años, y ella es la que te va a contar lo que sentía, lo que recordaba y lo que había ido anotando en su pequeño diario desde que solo tenía siete .

¹ Las continuas referencias personales que hace Tatiana van dedicadas a mi nieta Anne, nacida también un 14 de julio de hace exactamente nueve años; a ella y solo a ella y al cariño que a través de mis revelaciones le tomó la autora está dirigido todo el libro en el manuscrito original. (Nota del escritor)

§ Silencio, cámara, ¡acción! §

como si empezase la película―

Estrenaba mis siete años un día de verano en el que acabáramos de llegar a Bari, una ciudad de Italia donde el Circo iba a actuar durante cuatro días. Mi padre era trapecista y mi madre maestra y taquillera. O mejor sería decir que primero era taquillera, porque el trabajo de vender las entradas era el que le permitía acompañar al Circo, y después ejercía de maestra conmigo: yo era su única alumna, ya que continuamente estábamos viajando de pueblo en pueblo y de país en país siendo imposible que yo pudiese asistir regularmente a un colegio sin separarme de mis padres; así que mi madre en principio se responsabilizó de mi enseñanza escolar. Luego otras personas, también del Circo, colaboraron, y mucho, en mis tareas extraescolares y de esa forma tuve la oportunidad de aprender además, música, e idiomas.

Era muy entretenida la vida nómada; siempre cambiando de sitios, viendo paisajes diferentes… El problema era que yo me vi privada de compañeros, de amigos y amigas e incluso de la compañía de niños y niñas de mi edad. Mis colegas eran todos mucho mayores que yo y todos tenían algún cometido, algún trabajo directo en el Circo. Desde el director, el Señor Krauss, hasta el limpiador de las lonas, pasando por el mago, los músicos, payasos, trapecistas, acróbatas… todos trabajaban para el Circo. Y algunos incluso tenían dos oficios en él, o tres, como era el caso de Poursel, el mago, que también era payaso y electricista.

―¡Poursel! ¡Fallan dos focos del mástil principal! ―gritó Krauss en una ocasión

―Bien: voy a por mis herramientas―le contestó el bueno de Pours.

―Utiliza tus polvitos y sopla; ¿no eres el mago? .

Y al rato veo cómo Poursel llega corriendo ante el señor Krauss y le suelta:

―He usado los polvos mágicos y ha ocurrido algo maravilloso: ¡¡Los focos se han convertido en FOCAS!! ¡¡¿Qué hago?!!

Un mal chiste ¿no?; ya te había dicho que era payaso, el mago electricista.

Pero el señor Krauss no se quedaba atrás en eso del humor y sin inmutarse le dijo:

―Bien, pues quiero que se enciendan “las focas” ahora mismo.

Era difícil aburrirse en un ambiente así.

Como te iba diciendo, acabábamos de llegar a Bari. Nada extraordinario ocurrió ese día digno de mención. ¿Por qué lo nombro al comienzo de ésta historia?, pues únicamente porque es mi primera anotación en un diario que papá me regaló en aquel cumpleaños de 1982:

15 de julio de 1982.

Ayer cumplí 7 años.

Papá me regaló éste diario.

Acabamos de llegar a Bari.

Nunca antes había tenido un diario y recuerdo que estaba impaciente por empezarlo, pero aquel día de cumpleaños estuvimos todo el día viajando y por la noche no me atreví a escribir nada en él para no estropearlo. A partir de ahí, de vez en cuando anotaba pequeños detalles sin saber que ahora me ayudarán a contarte un poco cómo se desarrollaba una vida que estoy segura de que es muy diferente a la tuya.

Formábamos un convoy de casi veinte caravanas seguidas por siete camiones trailer que transportaban las lonas, mástiles, cuerdas, sillas, material eléctrico, instrumentos musicales, y demás. Antes, cuando yo nací, casi todos los integrantes del Circo viajaban en tren y el material lo llevaban unos camiones lentos y tan viejos que frecuentemente se averiaban y obligaban a retrasar las funciones e incluso a cancelarlas con el consiguiente disgusto de todos porque esos días no se ganaba el dinero necesario para vivir y, encima, había que soportar el enfado del señor Krauss, cuyos gritos, en alguna ocasión, hicieron pensar a los vecinos de la ciudad en la que estábamos que en nuestro Circo actuaban también animales salvajes. Luego preguntaban por los leones y teníamos que decirles que no, que no llevábamos fieras, que lo que habían oído era a un estupendo imitador de sus rugidos que estaba practicando.

§ El Señor Krauss §

No quiero que te hagas una idea equivocada del Señor Krauss. Te lo voy a describir físicamente y después te diré cómo se comportaba. Pero para juzgarlo, para atreverte a decir cómo era realmente, había que conocerlo.

Imagínate un señor imponente. Un suizo enorme que infunde respeto. Por supuesto, un señor gordo, grande, muy gordo, muy grande. Con bigote, naturalmente. Con tres bigotes, diría yo mejor, pues igual de negro, largo y puntiagudo era el que llevaba bajo la nariz como los dos que llevaba sobre los ojos; así de grandes tenía las cejas. ¿Te lo imaginas?. Y siempre sudando. Su voz… bueno su voz sonaba igual, pero igual, que el contrabajo de la orquesta. Muchas veces Simon (se decía “Saimon”) que era el que tocaba el bombardino nos hacía reír imitando su voz con los tonos mas graves del instrumento. En una ocasión nos pilló el Señor Krauss en medio de la parodia. Todos nos quedamos helados sin apartar la vista de su imponente rostro que se iba poniendo rojo, tan rojo que alcanzó un punto morado y entonces estalló en una sonorísima y larguísima carcajada de la que pensábamos que no iba a salir con vida. Cuando recobró la respiración fuimos todos los que rompimos en risas y nos alegramos de su buen humor.

Aquel hombre sabía reírse. Y, lo que es más importante, reírse de sí mismo.

Normalmente era serio; muy serio, pero la verdad es que había que comprender que tenía una gran responsabilidad con muchas familias que dependíamos de él.

Y la mía era una de ellas.

§ Mi familia §

Antes de seguir déjame que te hable un poco de mis orígenes. Mi familia la empezaron a formar mis padres un año antes de nacer yo. Y por lo que tengo entendido fue una idea de mi madre; Natalia. Parece ser que un sábado por la tarde un compañero del colegio donde ella daba clases, maestro al igual que ella, la invitó al Circo que acababa de llegar a la ciudad. En Varsovia (Polonia), en otoño, no había muchos sitios a donde ir, así que mi futura mamá aceptó de buen gusto. Y he aquí que cuando mi madre se sentó en una silla plegable, alejada de la pista, la silla se rompió y la pobre Natali quedó empotrada entre los restos de madera hasta que un joven y, a los ojos de Natali, muy guapo acomodador consiguió liberarla del incómodo marco. Pidiéndole mil perdones por lo ocurrido ofreció a la pareja los dos mejores sitios de los reservados en la primera fila para las autoridades de la ciudad.

Las luces se apagaron. Sonaron las trompetas. Y los tambores redoblaron. Aumentó el volumen del redoble y coincidiendo con un formidable golpe de bombo se iluminó la pista y en el centro, en pié, la imponente figura del señor Krauss. Radiante. Elegante. Dominante. Sonriente. Micrófono en mano hizo vibrar los altavoces:

¡¡Señoras y Señores!!, Damas y caballeros!!. ¡¡Niños y niñas de todas las edades!!. Bienvenidos al mayor espectáculo del Mundo. Bienvenidos al País de la Magia de la mano del gran… ¡Poursel…!

La cortina se abrió y apareció Poursel vestido de frac. Un foco lo iluminó convirtiendo en fluorescente su camisa y sus zapatos blancos. El señor Krauss continuaba…

al país del Humor con los payasos Kim y Lam…

Ahora fueron los dos hermanos Lambert los que saltaron a la pista acompañados por sonidos desafinados y estridentes de toda la orquesta a ritmo de bombo

Bien venidos al mundo del Arte

Sonoros acordes.

Continuó:

de la Ilusión…

Uno a uno los participantes se iban presentando

Prepárense a ser testigos de los más sorprendentes ejercicios realizados por los mejores artistas internacionales. Disfruten del increíble arte desarrollado por mis diez perritos bailarines. Rían, lloren y disfruten. Y… contengan la respiración cuando el mejor trapecista del planeta les deje boquiabiertos saltando de trapecio a trapecio, incluso con los ojos tapados, jugándose la vida en un peligrosísimo vuelo mortal. Un gran aplauso para… ¡ Dimitriiii !…

Tronaron de nuevo las trompetas y los tambores y un potente foco iluminó lo más alto de la carpa. Allí, con un solo pié sobre la barra brillante de un lijero columpio y solamente agarrado con una mano a una de las cuerdas, un joven y, a los ojos de Natali, muy guapo acomodador… (sí, he dicho acomodador, porque, como has adivinado -y como ya te he contado un poco antes que en el Circo casi todos tenían más de un trabajo- Dimitri era en eso como casi todos)… te decía que un muy guapo acomodador brillaba con luz propia y su blanquísima sonrisa iluminó instantáneamente los ojos de Natali deslumbrándolos de tal manera que ya no pudo ver más al pobre chico que la acompañaba. Éste se dio cuenta enseguida de que la ceguera de su amiga no era total cuando vio cómo Natali respondía con la manita al saludo de Dimitri. Y cuando pudo comprobar que además de la ceguera también le había afectado al oído, porque en vano trató de hacerla reaccionar, se arrellanó en la silla y se dispuso a disfrutar del prometido espectáculo. Solo que ahora le pareció que la entrada le había costado al doble de precio.

Natalia, con la mirada puesta en el trapecista, acababa de inventarse a mi familia. Ella sería una madre y el padre no podía ser otro que aquel maravilloso Dimitri volador. Yo sería la consecuencia.

De momento el lunes siguiente los niños del colegio ya no volvieron a ver a su maestra. Natalia era de decisiones rápidas y seguras: aquella tarde del sábado no se marcharía del Circo sin su Dimitri. Y así fue: no se llevó a Dimitri; ella se quedó con él.

§ La Boda §

Solo había un problema y era que en el Circo todo el personal trabajaba para el Circo. Nada sobraba para alimentar otras bocas que no fuesen productivas. Esa era la razón por la que, en un principio, no fue muy bien recibida la noticia del enamoramiento de Dimitri entre el personal; todos temían perderlo o tener que cargar con una chica sin ninguna cualidad que demostrar y que ayudase a aumentar los ingresos. Pero pronto demostró lo bien dotada que estaba para ganarse la simpatía y el respeto de todos, pues, gracias a su preparación como maestra y a la facilidad que tenía para comunicarse, en poco tiempo raro era el que no acudía a la caravana de la nueva pareja solicitando la ayuda de Natalia para cantidad de asuntos. Y ella los recibía siempre con simpatía y los despedía satisfechos y con una gran sonrisa. Y no es que por ser maestra supiera más que los demás, ¡qué va!; según me contó mi amigo el Viejo Tobías, lo importante de los maestros no es enseñar lo poco que saben sino enseñar… a aprender. Te enseñan y te ayudan a buscar la información suficiente que necesitas, y muchos de los que recurrían a Natalia necesitaban información que, muchas veces, ella se encargaba de indagar, de buscar, de investigar, en libros, en las bibliotecas, en centros oficiales, en las embajadas…

Total que enseguida eran todos los compañeros los que les preguntaban ilusionados por el día de su boda

Como la estancia en cada ciudad casi nunca pasaba de una semana resultó muy difícil encontrar una iglesia para casarse. Dimitri era católico y en principio, aunque no iba a misa con regularidad, le apetecía que la boda tuviese un escenario grandioso, una gran Iglesia. Natalia había sido educada por sus padres en la religión cristiana protestante, aunque muy pronto, cuando empezó a estudiar la carrera, abandonó todas las creencias y se declaró agnóstica. Es una palabra difícil pero es una palabra inteligente; humilde y sincera: muy honesta. Verás: significa en griego “que reconoces que algo no lo sabes”. Y eso es una gran muestra de sabiduría. Hubo un sabio muy famoso que en una ocasión dijo una frase que se hizo muy célebre. Dijo: “Yo solo sé que no sé nada”. Y claro que sabía; seguramente más que nadie, pero precisamente por eso se daba cuenta de que había muchíííísimas más cosas por aprender y por cambiar, rectificar o mejorar; a eso le llamaba él “no saber casi nada”.

Así pues los agnósticos no creen en Dios, pero tampoco lo niegan; simplemente reconocen que el ser humano no tiene capacidad para llegar a comprender si existe o no un ser superior al que llamar Dios. Y resulta tan vanidoso, tan arrogante, el “creyente” que asegura que existe un Dios (al que llaman Alá, Buda, Apolo, o cualquier otro) como el que se dice “ateo” y niega con la misma firmeza la existencia de algo a lo que el cerebro humano no está capacitado para entender. Como tampoco podemos comprender la idea del “infinito” por mucho que la utilicemos en matemáticas, o la idea de “lo eterno”. Y simplemente es porque no nos cabe. Ellos lo reconocen con humildad. Así me lo enseñó mi amigo Viejo Tobías.

El caso fue que, entre las dificultades para conseguir tiempo libre, un templo y un cura, y las muchas ganas que los dos tenían por firmar juntos unos papeles, un buen día se acercaron a la caravana del señor Krauss y Dimitri, muy nervioso, le dijo:

―Hola Señor Krauss. Como usted es el jefe de éste pequeño mundo que es el Circo…, y esto se parece mucho a la vida en un barco…, y en los barcos es el capitán el que manda…, y aquí es como si usted fuese el capitán del barco…, y los capitanes de los barcos pueden incluso casar a los pasajeros…, y…

El señor Krauss levantó una mano obligándoles a callar y fue él el que continuó:

―Sí…Y los capitanes de los barcos también pueden, después de casarlos, tirar al agua a los pasajeros que se ponen pelmas y no saben pedir las cosas de una forma más sencilla… ¡¿Qué queríais pedirme?!.

La boda se anunció para el domingo siguiente… ¡sobre la Pista, en medio de una función!

La fiesta fue mucho mejor que si se hubiese celebrado en una Catedral y, como podéis imaginar, abundó la música, la alegría, los invitados y… los espectadores, porque ese día también se llenó por completo en las dos funciones.

§ Cuando vi la luz §

Pasaron los meses y a principios de julio el Circo actuó en Italia. Una semana en Pisa y cuatro días en Génova. El próximo destino sería en Francia. Nos esperaban en Marsella, a unos 300 kilómetros. Pero ese día el viejo coche de mis padres decidió no arrancar; la avería era tan cara que no merecía la pena la reparación y allí quedó.

El señor Krauss ordenó enganchar la caravana a uno de los camiones y mis ya casi padres se dispusieron a hacer el viaje por tren. Mi madre embarazada estaba a punto de cumplir, y mi padre prefería estar dispuesto a su lado sin preocuparse de conducir aunque el viaje iba a ser más largo. Me contaron que recién habíamos salido de la estación Sant August en Niza comenzaron los primeros dolores de parto. El tren paró en Cannes unos minutos; los suficientes para que mi mamá recobrase el ritmo normal de respiración y tranquilizase a mi azorado padre. Al fin el jefe de la Estación se miró el reloj, levantó un banderín rojo envuelto en un palito, tocó el silbato, y el tren y yo obedecimos la orden al mismo tiempo: el tren empezó a salir de la estación y yo empecé a intentar salir del vientre de mi madre: siempre he sido bastante obediente… y metódica, así que, para empezar, rompí aguas a toque de silbato. Así; de una patada. ¡Paf! y ya está. Los viajeros que acompañaban a mis padres se empeñaron en que se bajasen en la próxima estación, La Napoule, pero a una monjita francesa se le ocurrió decir:

―Qué pena con lo bonito que es el paisaje hasta Sant Raphael. ¡Oh, la lá! la Costa Azul

Y mis padres que eran unos románticos se pegaron a la ventanilla y así pude ver el azul de mi primer mar y de mi primer cielo. Y aquel fue el azul que se fijó en mis ojos para siempre.

Pues tampoco me bajaron en Sant Raphael. Ya puestos a la faena, y como era Fiesta Nacional, acordaron registrarme (inscribirme en el Registro de Nacimientos) en Marsella a la mañana siguiente. Allí estoy registrada como nacida en Marsella, el día 14 de julio de 1975.

Así que cuando suena “La Marsellesa”, que es el himno francés, siempre me pongo de pié. Soy yo. La Marsellesa.

§ Mis primeros recuerdos §

A partir de éste momento ya existo. Así que lo que te escriba no me lo ha contado nadie; lo he vivido yo. Y solo voy a referirte lo que recuerdo, ayudándome, a veces por las anotaciones en mi diario.

Forzosamente deberé de empezar a contarte mis recuerdos con el más doloroso, el más triste que tuve en mi corta existencia: la muerte de mi padre. Ocurrió cuando yo solo tenía cinco años y por suerte no fui testigo del accidente mortal que acabó con su vida.

Fue un sábado por la tarde y mamá acababa de darme la cena para que me acostase. Me dejaría ver un poco la tele y ella esperaría a que acabase el espectáculo y papá se duchara para cenar con él. Siempre era así cuando había función. Ella había atendido la taquilla durante media tarde y una vez que la representación empezaba, sobre las ocho de la tarde, se reunía con la señora Krauss para, entre las dos, ocuparse de la contabilidad de la Empresa: contar la recaudación, deducir los gastos, anotarlo todo en un Libro de Cuentas, separando los beneficios, después de haber destinado parte a una “caja de reservas” para poder hacer frente a imprevistos, como averías, enfermedades, o multas, que también las había: de tráfico, por ocupar más espacio público que el autorizado, por ruidos…

Aquella noche el ruido era música. Música y aplausos; muchos aplausos que alegraban la cara de mamá porque, por la hora y por la tonada de la música, sabíamos que iban dirigidos a papá. La actuación de mi padre era siempre la última porque era, sin duda, la más emocionante; durante casi media hora mantenía al público, como se dice: “con el corazón en un puño”, viendo cómo se jugaba la vida. Durante casi media hora oíamos gritos, aplausos, silencios, redobles de tambor, triunfales acordes de toda la banda… más aplausos… siempre invitados y animados por la estruendosa voz del Señor Krauss. Luego un largo redoble seguido de un silenció pareció que reclamaba nuestra atención. No creo en las premoniciones pero estoy segura de que de repente vi a mamá cerrar los puños y quedarse rígida ante la mesa preparada para la cena de ellos dos. Un instante después un escalofriante grito que salió de trescientas cincuenta gargantas nos confirmó que algo horrible había sucedido. Mamá saltó de la caravana y corrió hacia la carpa. Nadie le impidió entrar. Nadie le impidió acercarse a la pista. El acomodador no se interpuso en su camino. El acomodador-trapecista estaba esperándola sobre la arena…, con la espalda rota. El trapecista acomodador había volado sus últimos veinte metros para morir en sus brazos. Aquel último beso no fue aplaudido por el público como la noche de su boda.

Esa noche perdí a mi padre pero también perdí a mi madre, pues ya nunca volvió a ser la misma.

El Circo entero se volcó en ayudarnos moral y económicamente, colmándonos de atenciones de todo tipo; manteniéndonos, incluso el sueldo que le correspondía a mi padre para posibilitar mi manutención hasta que yo fuese mayor y capaz de ganarme la vida. Pero nada pudo devolver la alegría por vivir a mi madre, y desde entonces casi sus únicas palabras que me dirigía eran para darme las lecciones por las mañanas, silencios durante las comidas y un triste y frío “buenas noches” al acostarme.

Pero me quería; yo sé que me quería porque en una ocasión le comenté:

―Mamá, ¿recuerdas que papá prometió enseñarme a ser trapecista cuando yo cumpliese los siete años?

Ella detuvo sus anotaciones en el Libro de Cuentas; me miró y estiró sus brazos para que yo la abrazara. Me estrechó contra su delgado cuerpo y me apretó con todas sus fuerzas entre su pecho. No pude verle la cara pero oí que se le escapaba un gemido. Luego me soltó y hundió su cabeza entre sus rodillas y lloró. Lloró toda la noche.

Bueno y ahora que ya nos hemos puesto tristes es hora de cambiar de tema para poder seguir contándote algunas historias más divertidas.

Mis primeros recuerdos se remontan a cuando tenía cuatro años y tienen mucho que ver con los paisajes tan extraordinarios que teníamos la suerte de disfrutar.

Recuerdo el Monte Saint Michel, al norte de Francia, semejante a un maravilloso castillo cónico acabado en una afilada punta en medio de un desierto de arena, y que mágicamente, en menos de las dos horas que nos costó la visita a las empinadas calles que forman su fantástica población amurallada, descubrimos al salir que estábamos en medio del mar. Las mareas avanzan y retroceden por aquellas inmensas playas a una gran velocidad

De los cinco o seis años recuerdo una ciudad de Bélgica de la que me gustó todo. Incluso su nombre, Brugge (Brujas), ¿os imagináis una ciudad así?; te transporta a la Edad Media.

Recuerdo, también la primera vez que me llevaron a Venecia, en Italia. Por cierto que algo imprevisto ocurrió con la organización de fechas y no pudimos montar el Circo; no estaba disponible el sitio y al señor Krauss se le erizaron los tres bigotes, pero dos años después volvimos y me pareció una ciudad mágica de verdad, donde la mayoría de las calles son canales de agua por los que se circula en unas góndolas negras de formas muy elegantes que conducen unos señores por medio de una larga pértiga que hunden en el agua mientras ellos van de pié en la parte trasera.

Recuerdo cientos de sitios por una u otra causa. Sitios que luego quedaban atrás. Pero lo que no cambiaba estuviésemos donde estuviésemos era la compañía. Las setenta personas que formábamos lo que el Señor Krauss llamaba, la Empresa. A veces, pocas veces, se producía algún cambio. Eran sustituidos los equilibristas, o se despedía a algún malabarista o payaso por informal, pero lo normal era que durante años recorriéramos toda Europa con la misma “trouppe”.

Y, claro está, como yo no podía acudir a un Colegio fijo, mi relación con niñas o niños de mi edad era nula. Solo hablaba, jugaba, y convivía con personas mayores. Lo más curioso es que la persona con la que más amistad hice fue precisamente la persona de mayor edad del Circo: El Viejo Tobías, de quien ya he comentado antes algo y ahora te añadiré algo más. Y no te extrañe que muy a menudo hable de él. Ha sido una persona muy importante en mi vida.

No pienses que llamarle viejo era un insulto. Se llamaba así. Era su nombre. Bueno, su nombre auténtico no, porque ese, yo creo que era solo Tobías; lo que quiero decir es que él mismo se llamaba así cuando alguien le preguntaba:

―Y usted ¿cómo se llama?

―Viejo Tobías ―respondía con seguridad:― Me llamo Viejo Tobías.

Y por eso lo escribo siempre con mayúsculas. Y también porque se lo merecía. Se merecía las mayúsculas en todas sus cosas.

Nadie se extrañaba por el calificativo de “viejo”, pues su cara arrugada, sus ojos cansados, su pelo abundante pero del color de la ceniza, y su voz cascada indicaban que estaría cercano a cumplir los sesenta o sesenta y cinco años, aunque su cuerpo delgado y fibroso indicaba que la edad se había portado muy bien con él.

―¿Cuántos años tienes, Viejo Tobías? ―le pregunté en una ocasión.

―No lo sé. De verdad que no lo sé; nunca los llevo en cuenta

Me respondió con una sonrisa tan limpia que no dejaba la menor duda sobre su sinceridad.

Es, ha sido, y será, con seguridad la persona más extraña que jamás pueda conocer. Cuando alguien preguntaba al señor Krauss sobre su pasado, éste se levantaba de hombros y respondía:

―Ni idea. Siempre estuvo aquí

Y si quieres saber a qué se dedicaba en el Circo te diré que nadie lo sabía con exactitud. Siempre estaba en el lugar en que lo necesitases. Nunca nadie le ha oído gritar, ni enfadarse. Siempre dispuesto a escuchar y a hablar solo si se le preguntaba.

Y pronto descubrí que, al contrario de las personas corrientes, cuanto más se le preguntaba más a gusto te respondía. Disfrutaba aclarándote ideas. Yo disfrutaba escuchándole.

Después de mi clase diaria con mamá que nos ocupaba todas las mañanas, deseaba por las tardes que surgiesen dudas y aclaraciones para hacer mi tarea, porque nunca me cansaba de oír las explicaciones del Viejo Tobías. Si no tenía dudas me las inventaba.

§ Mi encuentro con la poesía §

El matrimonio Lukas y Lucas―

Un día mi madre me puso como tarea el leer un libro de poesías. Ella había intentado durante la mañana convencerme de las “maravillosas” cualidades de los poetas, Ya sabes, la sensibilidad, el gusto, la rima, la métrica de los versos… pero a mí la cosa no me convencía mucho. Esa tarde, como todos los días excepto los sábados y los domingos, si no estábamos de viaje, tenía el tiempo ocupado en mis estudios; a partir de las cuatro y hasta las seis recibía mis clases de idiomas o de música: lunes y miércoles, solfeo, clarinete y violín, con Hedmoud, un austriaco de la banda. Los martes francés con Poursel, el mago electricista y payaso ¿recuerdas?. Jueves, inglés con Mr. Jhon, el malabarista, y por fin los viernes, los Lukas ―ahora te hablaré de ellos― se repartían la responsabilidad del español y del italiano, que por cierto son muy parecidos. Terminadas las clases aún debía de dedicar un par de horas a realizar las tareas que mi madre me imponía por la mañana. Eran las siete y media o las ocho, era viernes y como hacía buen tiempo me encontraba en el exterior, sentada junto a una mesa plegable en la trasera de nuestra caravana, que me protegía un poco del alboroto que procedía de las colas que formaban el público ante la taquilla y ante la puerta principal del Circo, porque la función estaba a punto de comenzar.

No me resultaba fácil concentrarme en la lectura de aquel libro; no veía la gracia a aquellas frases, aquellos versos, que a menudo empezaban por expresiones del tipo: “¡Oh!. ¡Oh esto! ¡Oh lo otro!”.

“¡Oh Sol! ¡Oh Luna! ¡O Estrellas!…” ¿Quién habla así en la vida real? ¿Para qué?.

El caso es que acertó a pasar por delante el Viejo Tobías.

Cuando observó mi cara de fastidio, de empalago, se sentó frente a mí en silencio

―¡Vaya rollo! ―dije a modo de saludo para incitarle a participar

―¿De qué se trata? ―se interesó.

Y yo, imitando una declamación, o sea, esparciendo ampliamente la palabra con mi mano derecha en un amplio semicírculo de izquierda a derecha, respondí:

―¡Poesía!

―Ya ―asintió en tono comprensivo

―¿Para qué sirve? ¿Te gusta? ―le provoqué

―Depende. Unas sí. Y otras no. Las hay bonitas y las hay menos

Me mantuve callada invitándole a seguir. Y al poco rato añadió:

―Incluso las hay terriblemente feas; es cierto. En cuanto para qué sirven…, sirven para expresarse el autor con algo más que palabras; para añadir música a lo que comunica; para que las palabras bailen o lloren a su compás. Aunque para eso el que las reciba tiene que estar dispuesto a dejarlas hacer, a escucharlas con respeto, con atención… ―y la siguiente palabra la pronunció acentuando especialmente la primera sílaba, incluso con los ojos:―…con intención.

. Y continuó:

―…Yo añadiría que con apetencia. Te tienes que sentir dispuesta a participar de sus emociones. Mira, ¿te imaginas qué efecto te produciría una polka cuando te encuentras melancólica?; sin embargo un vals, un buen vals de Strauss sienta bien en cualquier ocasión. ¿es cierto?.

―Entonces…a ver ¿son letras de canciones?― quise aclarar.

―Son canciones en sí mismas. Yo diría mejor que son las canciones de las letras.

Hizo un breve silencio en el que no apartó su mirada de mis ojos y añadió:

―¿Sabes quien nos puede enseñar algo sobre todo esto? Los Lukas. ¿Nunca te han hablado de poesía?

―¿Las “Locas”? ―bromeé con malicia abriendo exageradamente los ojos. Llevan dos años enseñándome italiano y español, ya lo sabes, de hecho acabo de estar con ellos, pero nunca se nos ha ocurrido hablar de poesía.

―Pues hazlo y verás como no te arrepientes

Las “Locas” era el sobrenombre que siempre utilizábamos para referirnos a una maravillosa pareja de gimnastas a los que todos teníamos un cariño especial. La pareja llamada artísticamente Los Lukas estaba formada por Lukas Manccelli, un italiano de Avellino (Calabria), y Antonio Luca, un español de Cádiz y su espectáculo era de los más apreciados por la lentitud, suavidad y elegancia con que realizaban sus ejercicios de equilibrio, fuerza y coordinación. Esa cualidad, la coordinación, la coincidencia, llegaba a ser un fastidio en muchas ocasiones; por ejemplo cuando rogaron al Señor Krauss que los casara sobre la pista de la misma forma que hizo con mis padres ocho años antes. Los dos saltaban de alegría cuando el Señor Krauss aceptó de buena gana. Les saltaron las lágrimas, reían y le besaban la frente, la calva, las manos, las mejillas.

―Qué bien! ¡qué bien! ¡qué bien!, ¡gracias! ¡gracias! ¡gracias!. ―gritaban a dúo

―Va a ser divino: Yo de blanco y tu…

―¡Cómo, tu de blanco!-―le interrumpió el otro:―¡YO! voy de blanco, con un vestido precioso que ya he visto en una revista.

―Mira “Loca”, no me toques la moral ¿eh?, la ilusión del vestido con una cola enorme la tengo de nacimiento.

―Antoñito, Antoñito, no me jibes, no me jibes. ¿Ahora? ¿Ahora me vas a amargar el día más feliz de mi vida?

El Señor Krauss que se había mantenido en silencio durante la riña de novios, o en éste caso mejor de novias, intervino en plan conciliador, levantando sus dos fantásticas manazas:

―Uuuun momeeento, un momeeento. ¿Porqué no los dos de blanco?

Lukas y Luca se miraron. Los dos adoptaron con sus manos la postura de rezar y sin dejar de mirarse fijamente a los ojos dejaron que un hilillo de voz acompañase a una especie de suspiro que venía del más allá

―Sssí,… vale…

Sus voces se hicieron algo más claras

―Bien ¿no?

Ya sin pestañear el tono iba subiendo

―¡Qué pasada, ¿no?!

Y volvieron a estallar en el desenfreno anterior: Saltos, risas, palmas, besos.

Esos eran “Los Locas”, seguramente los más queridos y entrañables componentes de mi maravilloso Circo.

A ellos me remitía el Viejo Tobías para orientarme en el tema de la poesía.

Ya estarían preparados para la actuación, así que habría que esperar al final de la función. Por suerte los viernes por la noche mi madre me permitía acostarme más tarde que de costumbre porque al día siguiente no teníamos clase.

Así que una vez acabada la función y cuando calculé que ya se habrían duchado y cambiado me acerqué a la pequeña roulotte de “Las Locas”. Me abrió Manccelli

―Buona notte, signorina. ¿Qué te trae por aquí?

―Buenas noches Lukas ¿puedo hablar con vosotros?.

―¿Y cuándo no, preciosa?, pasa. ¡Toño. Tatiana a cenar!.

―¡No!, que no voy a quedarme a cenar. Ya he cenado. Si vais a hacerlo vendré en otro momento.

―¡Tati!― gritó Antonio, el gaditano― Sube y no hagas caso a éste “popo”.

Cuando estaba así, de broma, siempre pronunciaba las “b” como “p”.

―Siéntate y cuéntame cariño.

Los dos se sentaron frente a mí. Y les comenté mis dificultades con la poesía. Se rieron comprensivamente cuando les hablé de mi aprensión por los “¡Oh, esto! ¡Oh, aquello!” y meneando la cabeza Antonio cogió un lápiz y un cuaderno y me dijo:

―Vamos a hacer poesía

―¿Vamos?¿Yo?. Yo no tengo ni idea.

―Yo tampoco pero vamos a intentarlo. Busquemos un tema.

¿Qué decir? Me quedé en blanco

―Yo que sé. ¡Oh Sol! ¡Oh Luna!? ―dije con desgana y por no callar

―¡No!― se echó a reír― Un tema de verdad. ¿Te ayudo?

―Si, por favor

―A ver. Imaginemos que quieres decir a alguien que te gusta, que te gusta su olor, que te sientes bien cuando le ves, que te sientes enamorada…

―¡Que bonito!… pero ¿eso es poesía?.

―Paciencia; al menos es el alma de la poesía: “algo que decir” a alguien. Ahora solo nos falta el cómo decirlo; como te decía muy bien el Viejo Tobías, la música, el instrumento, las notas, el ritmo. A ver, hagamos un intento: ¡Oh, que bien hueles!…

Me miró muy serio y al ver mi cara se echó a reír

― ¡que no! ¡que era “proma”!

Manccelli le dio un pescozón:

―”Popo, popo y popo”. Con “P” grande de “purro”

―¡Tú calla, soso!, ¡y colabora! ―se defendió el de Cádiz.

Manccelli se cogió cómicamente la frente con las dos manos como si le doliese la cabeza o como si quisiera exprimirla como un limón y cerrando los ojos comenzó a recitar:

―Escuchad esto: Sutil fragancia…. ¿qué tal?. Mejor que: “buen olor” ¿no?

Toño y yo nos miramos; Toño fingiendo una gran sorpresa (lo noté), y yo buscando su aprobación porque a mí, personalmente, me pareció que sonaba mucho más bonito. ¿Sería eso a lo que se refería el Viejo Tobías cuando comparaba la poesía con una canción?, porque ahora… ¿cómo era?…sutil fragancia… sí suena como la letra de una canción. Y sin darme cuenta mis labios repitieron las dos palabras mirando al vacío:

―Sutil fragancia….

―…de suave aroma…

Ahora fue la voz dulce de Toño la que me atrapó; ¿qué había dicho?¿porqué sonaba tan bien?

Creo que fueron sus manos las que hablaron tocando un piano imaginario en el aire a la altura de sus ojos mientras añadía:

―Melodía. No es más que melodía. Se pueden decir las cosas de muchas maneras

Continuó, hablando con ilusión

―Hay muchas palabras; muchas más de las que utilizamos. Y están ahí; merece la pena conocerlas porque nos ayudarán a adornar nuestras ideas. De la misma forma que utilizas el papel de colores para envolver los regalos que dedicas a tus amigos puedes usar las palabras, las palabras de colores para adornar tus pensamientos, tus sentimientos, porque si pones un poco de atención apreciarás que cada palabra transmite un color. Por ejemplo: sutil: es una palabra… blanca, sonrosada; ¿no la ves?. Así como fragancia es, sin duda… amarilla, y ¿suave aroma?: azul, por supuesto; la cuestión es buscar las más bonitas para la ocasión. Y ahora pondremos el ritmo: Pum, pum, pum… Su―til―fra―gan―cia. Cinco sílabas ¿no?. Pues mira: De―sua―ve­­-a―ro―ma. Otras cinco. Son sílabas tónicas, no gramaticales. Sigamos dejándonos llevar por las sensaciones. A ver, a ver… Te―nue―per―fu―me. Cinco. De―gra―to―­­-olor; probamos rompiendo con cuatro y funciona, ¿te has dado cuenta?

Y entonces Manccelli añadió con los ojos cerrados y haciéndonos ver que estaba contando con los dedos:

De―tu―ven―ta―na

Y siguió:

Cuan―do―te­­-a―so―mas….

Y después, con la mayor naturalidad completó:

Cada mañana, brota una flor.

Antonio se puso de pié de un salto y poniendo su mano derecha sobre la frente de su querido Lukas propuso de corrido:

Por eso… cuando te asomas

cuando amanece,

cuando me miras,

cuando apareces,

¡Amo a la vida!

¡Y nace mi amor!

―¡Bravo! ¡bravo! y ¡bravo! y como dicen en tu pueblo: ¡Olé!― le jaleó el italiano.

Yo también dije ¡olé! Para mis adentros; aquellas maravillosas “Locas” habían abierto mis oídos a la poesía.

§ El relato del Viejo Tobías §

Al día siguiente, sábado, estaba impaciente por compartir con el Viejo Tobías mi emocionante encuentro con la poesía. En cuanto me vio aparecer adivinó la ilusión en mi cara y le brillaron los ojos, emocionado.

―Escucha, por favor. A ver…

Y comencé a recitar lentamente aquellos versos que me acompañaron durante toda la noche:

Sutil fragancia

de suave aroma

Tenue perfume

de grato olor

De tu ventana

cuando te asomas

Cada mañana

brota una flor

Por eso…

Cuando te asomas,

cuando amanece,

Cuando me miras,

cuando apareces

¡Amo a la vida!

Y nace mi amor

―¿No es genial, Viejo Tobías? ¡Es poesía! ¡es poesía! Y ¡es música!

Y me puse a bailar al ritmo de aquellas sílabas: 5,5,5,4.―5,5,5,4.― 3…― 5,5,5,5…― 5… y ¡nace mi amor!. Con cuatro sílabas…Con cuatro notas… ¡Nace mi amor!

¡Y ¿no ves los colores?, Blancos, amarillos, azules… y por último el amor… el rojo!

Él estaba contagiado de mi felicidad y reía, reía conmigo

―¡Ah, la poesía! Y pensar que hasta ayer la odiaba…la odiaba, la odiaba― añadí con satisfacción.

Observé un repentino cambio en su expresión, como si algo se hubiese movido en su interior. Quise saber la causa.

―No es nada, pequeña

Me ocultaba algo.. Yo sabía que me ocultaba algo. Y continuó:

―Solo que… la palabra “odiar”… No odies. No odies jamás a nada ni a nadie.

Se quedó tan serio y triste que supe que algo importante se quedaba sin decir. Y ensayé un intento:

―¿Me cuentas la historia?

―¿Qué historia?, no hay historia, hay solo vida.

―Sí hay historia. Eso que me acabas de decir es por algo que te ha pasado, y… yo quiero saberlo.

Se quedó callado, pensativo. Yo también. Al fin, convencido de que yo no iba a rendirme jamás, rompió el silencio:

―Viví una guerra

Y me miró como poniendo punto final a una conversación a la que sin embargo yo no estaba dispuesta a renunciar

―¿Y?

Dejé la pregunta colgando delante de sus ojos para que tropezase con ella en caso de que pensara evitarla y levantarse. No tuvo más remedio que hacerle frente y continuar con la conversación:

―Muere mucha gente en una guerra

―Tú no moriste ―repliqué

―Pero me mataron

―¿Cómo que te mataron? Tú estás vivo

―Hay muchas formas de matar a las personas. Tú ves mi cuerpo pero las personas no somos solo cuerpos vivos. Somos sentimiento. Somos amor y somos odio, somos deseos, ilusiones, esperanzas, frustraciones, errores, aciertos… somos muchas cosas más, mucho más complicadas y necesarias que muchas partes del cuerpo. Un cuerpo sin una mano sigue vivo. Sin una pierna también. Incluso sin brazos y piernas no deja de ser persona, pero si te despojan de los sentimientos… de uno solo de los sentimientos, dejas de ser tú; muere tu persona, aunque el cuerpo siga vivo.

―¿Y a ti… te pasó eso?¿te falta algún sentimiento? ―pregunté con verdadera preocupación

―Sí; me lo mataron en aquella maldita guerra

―¿El…amor?

Me sorprendió mi propia voz quebrada por la emoción.

―No, hija mía. El odio. A mí me arrebataron el odio. De un disparo. De un tiro al aire; imagínate lo alto que debía estar.

Tras unos segundos de silencio continuó

―Jamás lo he contado a nadie porque jamás con nadie me he sincerado como contigo. Eres aún muy joven pero estás aprovechando muy bien tus años de formación y no encuentro ninguna razón por la que se te deban de ocultar respuestas a tus preguntas.

Se levantó para ofrecerme un vaso que llenó de agua fría de una botella del frigorífico. La rechacé con la cabeza y él se la bebió de un solo trago. Luego volvió a llenar el vaso y se lo trajo a la mesa.

―Para no aburrirte te haré un resumen. Hubo una guerra. Una guerra horrible y estúpida entre gente del mismo país y el país se dividió en dos bandos: los buenos por un lado y los buenos por el otro según a quien se hiciese la pregunta, y por supuesto siempre contra los malos de allí si preguntabas aquí. A mí me tocó en el de los buenos; como a todos los demás, ya te lo puedes imaginar. La división llegó incluso a las familias y había padres en un bando e hijos en el contrario; hermanos contra hermanos. Amigos enemigos… Y luchamos. Luchamos, disparamos, y matamos, porque había odio. Y luchamos, protegimos y defendimos, porque había amor. Todos sentíamos amor y odio. En los dos bandos; defendíamos la vida. Caí prisionero. Ahora yo me vi como el único “bueno” rodeado de todos los “malos”. Ellos, en cambio, veían al “malo” en poder de los “buenos”.

Los dos guardamos unos segundos de silencio; él se los tomó para ordenar o apaciguar sus recuerdos y yo para respetarlos. Miró el vaso pero no volvió a beber. Lo miraba. En silencio lo miraba. Y de nuevo fijó su vista en mis ojos:

―Y me llevaron a matar. El oficial sacó su pistola y me apuntó a la cabeza. Antes de disparar me dijo: «¡Me habéis matado a dos hermanos!. ¡Habéis quemado mi casa!. Habéis arruinado mi vida. Ahora tú debes morir». Cerré los ojos y empecé a llorar sin control, como un niño, con hipo. Sonó un disparo… apreté los párpados y me hicieron ruido las muelas… abrí los ojos y vi a aquel oficial sosteniendo la pistola humeante dirigida hacia el cielo. Como si pesara una tonelada dejó caer el brazo y dijo gimiendo: «No puedo; no puedo. Tú no tienes la culpa. Vete». Caí al suelo clavado de rodillas llorando desconsolado, encogido sobre mi estómago y oí la orden «¡Vámonos de aquí! ¡Aquí ya no hay nada que hacer!». Ahí dejaron mi cadáver; un cuerpo vivo, intacto, al que le habían matado el odio. Con vida pero sin odio. Nunca más pude sentirlo contra nadie; tan solo amor. Tenía cincuenta y cinco años, y era el año 1938.

Notó mi cambio de expresión cuando mostré mi desconcierto al intentar hacer un rápido cálculo mental de fechas. Ahora estábamos en 1983 (por favor, haz tú el cálculo, a ver si coincide con el mío) y me lo confirmó:

―Sí. Efectivamente, todos esos años tendría yo ahora… si estuviese entero, pero me quitaron un sentimiento. Ya no creí más en patrias, fronteras ni ideales… y huí. Huí lejos de aquel maldito país.

Dos o tres minutos nos quedamos esperando que aquella confesión reposase. Los dos teníamos los nervios afectados. Aún quise saber más y me atreví a preguntar:

―¿Qué país era ese?

―Qué más da. Desgraciadamente pudo ser cualquiera.

No dormí aquella noche; no pude dejar de darle vueltas a las confidencias del Viejo Tobías. ¿Sería verdad todo aquello? ¿Cómo era posible que tuviese cien años? ¿Podía ser el odio la causa del envejecimiento de la gente?. Yo estaba segura de que el Viejo Tobías, mi amigo Viejo Tobías, jamás mentía; él no necesitaba mentir ni engañar a nadie para agradar. Era libre para hacer o dejar de hacer lo que le viniese en gana; vivía solo y nadie le pediría nunca explicaciones sobre sus actos; ¿para qué mentir?. Y entonces, si realmente había vivido tantos años, ya no era tan extraño que siempre tuviese respuesta para todas las dudas que me surgían. A mí y a todos los demás. ¿Era eso lo que yo había oído llamar “la voz de la experiencia”?. ¿Por eso era tan respetado y querido?.

Recordé la ocasión en la que el Señor Krauss dijo que “siempre había estado aquí” . Sentí un escalofrío y tuve un presentimiento.

§ La noticia del Sr. Krauss §

Después de mis clases y nada más comer fui a visitar al Señor Krauss. Su mujer Josephine (se lee Yósefin) me recibió con cariño y tras preguntarme si ya había comido me ofreció fruta mientras esperábamos al Señor Krauss. La mesa estaba preparada y estaba claro que el señor Krauss se había retrasado más de lo previsto. No me preguntó por mi madre porque todos los días, después de lo de papá, le hacía una o dos visitas aparte de la reunión diaria que celebraba con ella todas las tardes para los asuntos del trabajo, pero sí se interesó mucho por mí; por mi estado de ánimo, por mis estudios, por mi futuro… Mi futuro. ¿Qué sería de él ahora que papá no estaba para enseñarme a lo que yo siempre aspiraba: ser trapecista?. No quise pero no pude evitar dos lágrimas que traté rápidamente de disimular con el dorso de mi mano. Ella hizo como que no se dio cuenta, estoy segura, desviando la mirada hacia la ventana y haciendo un comentario que no venía a cuento, como “parece que las nubes se van retirando” o algo parecido. Luego volvió a mirarme. Le correspondí con una sonrisa algo forzada y puso sus manos sobre la mía que descansaba encima de la mesa.

―Creo, cariño, que Albert (nombre de pila del Señor Krauss) tiene que darte una buena noticia

―¿Cuál?

La pregunta se me escapó sin pensar

―Has venido a verle ¿no?, pues prefiero que él mismo te lo diga mientras comemos, si no te importa; además él te explicará mejor los detalles.

No es necesario decir que aumentó mi impaciencia por el regreso del Señor Krauss; incluso hubo un instante en el que, asombrosamente, no pude recordar para qué había venido yo a verlo… ¡Ah sí, era para aclarar una sospecha sobre el Viejo Tobías. E imaginando cómo se lo iba a preguntar se me olvidó ahora que me esperaba una buena noticia.

No tardó demasiado. Llegó, sudando como siempre. Guardó una gran cartera negra dentro de un armario sobre la ventana y solo después de hacer una visita al cuarto de baño nos saludó. A Josephine con un beso y a mí con una caricia en la cara.

―Ya podéis perdonar… pero no podía más. Bueno, ¿qué tenemos aquí? Así da gusto volver a casa, con un par de flores esperándome en la mesa

―Gracias, zalamero

Josephine me sonrió y me cucó un ojo. Yo también le ofrecí una sonrisa y se me escapó un tímido “gracias” que me debía de haber callado, porque inmediatamente después me pareció ridículo.

Se sentó frente a mí. ¿Me tocaba a mí empezar la conversación? ¿Cómo comenzar? Por suerte volvió a sonar su voz de contrabajo mientras se anudaba una servilleta alrededor de su voluminoso cuello:

―Qué suerte que te he pillado aquí, Tati. Creo que tengo algo que te va a gustar.

Comenzó a hablar mientras sorbía la sopa de su cuchara. Continuó:

―Claro que tengo que hablar con tu madre, pero ya que se trata de algo que puede afectarte para toda tu vida y que es algo a lo que tu debes estar dispuesta voluntariamente…

Nueva cucharada

―…he creído conveniente que seas tú la primera en darme tu opinión.

Yo intrigada y la cuchara haciendo viajes

― Tati…,

Continuó:

―Tu padre es y será por mucho tiempo insuperable. Para ti y para tu madre, además, insustituible; nadie lo lograría y nadie se atrevería a tal cosa.

Segundo plato

―Pero el Circo necesita un trapecista; Gran parte del atractivo y del prestigio de éste Circo se lo debemos al buen hacer de tu padre y la gente viene buscando la emoción que provoca el salto, el vuelo, el peligro y el valor en el trapecio. El caso es que necesitamos un trapecista, pero no solo un buen trapecista, sino un buen maestro trapecista. Alguien que sea capaz de dirigir, de encauzar, el arte, heredado en los genes del mejor trapecista de los últimos tiempos. Alguien capaz de hacer realidad dos sueños: el de tu padre, de enseñarte a volar como un día te prometió, y el tuyo, que estoy seguro que es llegar un día a ser como él.

Las notas graves de aquel trombón se iban convirtiendo en la más bella melodía de arpas y violines. Yo flotaba en el aire mientras escuchaba su voz «sigue, sigue, por lo que más quieras Señor Krauss; qué maravillosa suena tu dulce voz».

Y él siguió:

―El próximo lunes vendrá el elegido. Es un belga de nombre Alex, Alexander Prevot, de carácter muy agradable; te gustará. Fue campeón olímpico hace dos años en la modalidad de barra fija. Por supuesto le he hablado de ti; de hecho fue la primera condición que exigí a los aspirantes, y está encantado y deseoso de conocerte. Y bien, ¿qué te parece?

“Dios mío, ¿que qué me parece?. La promesa de mi padre se iba a hacer realidad y me pregunta que qué me parece?”. No pude contestar. Cerré los ojos para saborear mejor el momento. Repentinamente me puse en pié y estuve a punto de volcar la mesa al tratar de bordearla para lanzarme a los brazos de aquel maravilloso Señor Krauss, y lo besé en la cara. Sentí su abrazo y me colgué materialmente de su cuello ―Gracias, gracias, gracias. ¡Oh, sí! gracias.

―Me alegro, pequeña, me alegro de que aún se mantenga viva tu ilusión. Habrá que hablar rápidamente con mamá ¿no?

―Sí, vale. ¿vamos?

Y fuimos.

A los pocos segundos de haber llegado y en cuanto mi madre intuyó de cual iba a ser el tema de la conversación me recordó que los Lukas estarían esperándome para mi clase de Español e Italiano. Protesté porque era mi futuro el que iban a decidir sin contar con mi opinión. Bastó una mirada del Señor Krauss para decidirme a obedecer depositando toda mi confianza en sus razonamientos y también en su autoridad, como director y como amigo de mi madre, tantas veces demostrado.

Yo tenía los nervios a flor de piel; ¿Qué hacer mientras aquellos dos jueces de mi vida discutían sobre mi futuro?. Mamá estaba muy difícil últimamente y ese tema, en especial, le producía un dolor extraordinario.

Pensé en el Viejo Tobías; él podía ayudarme a soportar aquella insufrible espera.

Iba a llamar a su puerta cuando oí su voz a unos metros:

―Tatiana, ya estoy aquí

Se acercaba portando dos bidones de agua mineral que colgaban pesadamente de sus brazos

―Querías verme ¿verdad?.

―Sí, Viejo Tobías, quería contarte algo El Señor Krauss ha contratado a un nuevo trapecista para que me enseñe, como prometió mi padre. Ahora está hablando con mamá.

―….(silencio)

―¿No dices nada?

―¿Debo hacerlo?¿Qué quieres que te diga?… ¿Tu quieres eso?

―¿El qué?

―Aprender…; ser trapecista

―Mi padre me lo prometió. En cuanto cumpliese los siete años, y ya voy a hacer nueve

―Repito la pregunta: ¿Tú quieres eso?

Quedé sorprendida. Me sentía obligada a decir que sí, que naturalmente; que cómo no iba a querer ser trapecista como él. Como siempre lo había planeado; como siempre me lo había prometido, y entonces me sorprendió aún más mi propia respuesta:

―No lo sé.

“¿Cómo que “no lo sé”?¿Porqué ha salido semejante respuesta de mis labios sin que yo le diese permiso; sin que yo tuviese tiempo ni siquiera de pensarla”. Le miré con rabia. Como un reproche. Él no tenía culpa de mi confusión, de mi extrañeza, pero de alguna forma le hice culpable de mi repentina duda. Él la provocó… O solo… ¿o solo hizo que por primera vez yo me planteara la cuestión de forma seria?.

Sus ojos me dijeron que sí, que de eso se trataba exactamente. Sin abrir la boca.

Me senté frente a la mesa. Callada. Asustada. Confusa. Esperé que se sentara frente a mí pero no lo hizo; se tumbó boca arriba en la litera de enfrente y quedó callado mirando al techo.

Pasaron dos o tres minutos. Mis ideas danzaban desordenadas sin ser capaz de comenzar a hablar. Recordé que cierto día me aconsejó: “si no sabes qué decir, lo mejor es callar”, así que, siguiendo aquella recomendación, decidí levantarme y salir.

―Hasta luego Viejo Tobías.

No oí respuesta a mi despedida. Seguro que él también estaba afectado.

Era viernes: debía de ir a clase de italiano, pero no me sentía capaz de prestar la suficiente atención a Manccelli. Y de repente ya no sentía el mismo interés por lo que estarían decidiendo mi madre y el Señor Krauss; hasta tenía miedo de saberlo. El puñetero del Viejo Tobías me había abierto los ojos: en realidad tenía razón. Volvía a tener razón: no era mi ilusión la que perseguía, y ahora se iba a cumplir, sino la de mi padre. ¿Quería yo realmente ser trapecista?

Inconscientemente mis pasos me llevaron al interior de la carpa. Faltaban más de tres horas para que se abriese al público y comenzase la función de la tarde, así que estaba totalmente vacía y silenciosa. Una tenue luz verdosa se filtraba a través de la lona iluminando el interior como si se tratase de una noche estrellada. Relajaba. Me senté en una silla plegable, quizá en el mismo sitio desde el que mi madre me inventó aquella noche, y miré al techo. Allí había un trapecio, ahora utilizado por los payasos, retenido al techo; inmovilizado a él. Decidí cambiar de sitio subiendo a lo más alto de las gradas; eran las localidades más baratas porque estaban más lejos de la pista pero en cambio descubrí que no hacía falta levantar tanto la cabeza para ver el trapecio, y allí, apoyada la espalda en la lona me quedé un buen rato. Pensando. Callada. Recordando.

§ Marcos §

Un ruido llamó mi atención bajo las gradas. Fue un pequeño roce como de una suela frotada con el suelo de arena. Me agaché e intenté meter la cabeza por entre las barras metálicas que soportaban los asientos corridos que formaban el graderío. Allí no estaba tan oscuro como en el resto porque las lonas de la carpa, de vez en cuando, tenían unas ranuras cerca del suelo por donde pasaban los cables que tensaban los postes, así que la luz que por ellas se colaba fue suficiente para poder distinguir a un niño acurrucado en un rincón mirándome asustado.

―¿Qué haces ahí? ―le pregunté

No me contestó. Pero no se movió de allí.

En algunas ocasiones ocurría que una pandilla de cuatro o cinco muchachos conseguía burlar la escasa vigilancia que se montaba alrededor de la carpa y al ser descubiertos salían corriendo siempre en desbandada haciendo casi imposible alcanzarlos. Era una travesura que estaba prevista y de alguna manera asumida por el personal del Circo y que no se castigaba con excesiva severidad si alguna rara vez se detenía al culpable; todo quedaba en una regañina. Pero a ninguno le apetecía dejarse coger, por eso me extrañó el comportamiento de aquel chico. Él se quedó allí. Recogido sobre sí mismo, como buscando refugio en aquel incómodo rincón. Así que decidí bajar e introducirme yo también en su mismo hueco. Para ello tuve que salir al exterior y calcular exactamente el lugar, levantar un poco la lona y entrar agachada. Me costó unos segundos volver a acostumbrarme a la penumbra del interior pero cuando lo hice tenía enfrente a aquel chico mirándome con unos ojos enormes que me recordaron a la cara de un gato asustado. Sin avanzar hacia él para tratar de tranquilizarlo le hablé:

―Hola, mi nombre es Tatiana, ¿cómo te llamas tú?

―…Marcos ―respondió con un susurro.

―¿Porqué estás aquí?

―¿Tu eres del Circo? ―me preguntó en voz muy baja

―Sí, vivo aquí. Bueno…yo nací aquí

―¿Aquí; en Burdeos?

―¡No!, aquí, en el Circo. Quiero decir que siempre he vivido aquí, con el Circo.

―¿Trabajas en él?

―No. …aún no

Recordé sin querer el asunto que en ese instante estaban tratando mi madre y el Sr. Krauss. Volví a repetirle la pregunta inicial:

―¿Porqué estás aquí?

Sus ojos se perdieron en la distancia durante unos segundos y cuando volvió a fijarlos en los míos respondió:

―Me he escapado de casa. No volveré nunca.

Hubo un silencio largo en el que yo creí que estaba jugando a ver quién resistía más rato sin pestañear. Seguramente él estaría pensando en cuándo empezaría yo a gritar para que lo despachasen. Yo, en cambio, empleé todo ese tiempo en admirar aquellos ojos negros como dos túneles en los que me apetecía entrar. Entrar y perderme dentro de sus profundidades para explorar los tesoros escondidos, y a los que estaba segura de alcanzar siguiendo los destellos de luz que sin cesar los iluminaban. Juro que nunca había visto antes nada igual.

Me hubiese quedado en aquella posición toda la vida.

La tarde avanzaba y pronto empezaría a entrar el público a ocupar sus localidades; yo no podía quedarme allí y tampoco podía dejar a ese ángel en aquel lugar, tan solo. Así que le cogí de una mano e hice que me siguiera.

―No te preocupes; tú ven conmigo.

No podía ir a casa porque seguramente el Señor Krauss seguiría conversando con mi madre, así que una vez más busqué el consejo del Viejo Tobías, y con Marcos de la mano me dirigí a su caravana.

Cuando Marcos comprendió que me disponía a llamar a la puerta se desprendió de mi mano con un fuerte tirón y retrocedió. Reaccioné rápidamente antes de que huyese y le grité:

―¡Tranquilo! ¡Marcos, tranquilo! ¡Es un amigo! No te va a pasar nada. Te lo juro.

Se detuvo tembloroso y volvió hacia mí.

El Viejo Tobías nos recibió con una tranquilizadora sonrisa y noté en su cara la extrañeza de verme acompañada de un chico de mi edad; nunca me había visto en compañía de nadie de mi edad. Nos hizo pasar y los tres nos sentamos a la mesa. Yo inicié la conversación:

―Se llama Marcos. Se ha marchado de su casa. No va a volver nunca. Y es mi amigo.

El Viejo Tobías le extendió la mano en un saludo y se presentó a sí mismo:

―Hola Marcos. Yo soy el Viejo Tobías. Me alegro de conocerte

A Marcos se le atragantó un “Hola” y bajó la mirada.

Yo hubiese querido preguntar inmediatamente al Viejo Tobías: “¿No es precioso?” pero me contuve y me conformé con anunciar:

―Ésta tarde se quedará a ver la función. Es mi invitado.

El Viejo Tobías se limitó a preguntarme:

―¿Ya has estado con tu madre?

Hizo una pausa y continuó:

―¿Le has presentado ya a Marcos?

Entendí que me estaba diciendo que aquellas dos cosas eran importantes y que debía de atenderlas antes de que pasase más tiempo.

―Ahora iremos― me vi obligada a decir.

No era esa mi intención pero me vi obligada. Temía las consecuencias de los dos temas a tratar con mi madre. Por un lado, ya no quería ser trapecista; acababa de decidirlo. Ni siquiera quería seguir atada al Circo, aislada del mundo real, privada del contacto con las personas normales… libres, como Marcos. Y por otro lado sospechaba que su presencia no iba a ser muy bien aceptada sin el consentimiento de sus padres. Por todo ello decidí retrasar el encuentro con mamá todo el tiempo posible.

―Esto… como mamá igual está ocupada con el Señor Krauss y no quieren que les moleste ¿podrías darnos de merendar, Viejo Tobías?

Yo no sabía cuanto tiempo llevaba Marcos fuera de su casa, y ni siquiera sabía cuanto iba a durar su estancia a mi lado por eso me atreví a pedirle al Viejo Tobías la merienda; la intención era guardar mi parte y ofrecérsela a Marcos para cenar. La reacción del Viejo Tobías no me decepcionó:

―¡Claro que sí! ¿En qué estaría yo pensando? Os pido mil disculpas por no habérosla ofrecido antes. Si me perdonáis un momento os prepararé algo especial para celebrar la visita del amigo Marcos.

Dio un respingo y se levantó dispuesto a buscar en el frigorífico algo con que contentarnos.

Marcos me miraba y no decía ni una palabra. Le ofrecí una sonrisa y él intentó responderme con otra pero le salió una mueca.

El Viejo Tobías después de abrir un par de armarios dijo contrariado:

―El caso es que no voy a tener pan. Pero tranquilos que eso no va a ser un gran inconveniente. Tatiana ¿te importaría acercarte a esa tienda de ahí enfrente y traer tres barras? O seis panecillos; tu misma verás lo que pueden venderte a éstas horas. Toma dinero.

Marcos en cuanto oyó aquello hizo mención de levantarse y el Viejo Tobías lo contuvo poniéndole una mano sobre el hombro:

―No, tú no hace falta que te muevas. Quédate aquí mientras Tatiana nos hace el favor y así me cuentas algo de ti. Me da la impresión de que tú y yo tenemos algo en común.

No te puedes imaginar la cara de súplica con que me miraba Marcos. Por un momento pensé que se iba a echar a llorar y me dio pena, así que traté de tranquilizarlo:

―Vuelvo en seguida, Marcos. Te aseguro que quedas en buenas manos.

Salí de la caravana sin detenerme a mirar atrás; temía que si volvía a ver aquella expresión desamparada en los ojos más profundos que jamás imaginé, sería incapaz de separarme de ellos y entonces… ya no merendarían.

Me di prisa; mucha prisa en hacer la compra. Fue ir y venir; no llegaba a cien metros la distancia a la que se encontraba la panadería y no había casi circulación por la calle que tuve que cruzar, pero cuando regresé Marcos y el Viejo Tobías habían llorado juntos y habían reído juntos, y además de eso ¿les pudo dar tiempo de hablar?. ¡Vaya que si habían hablado!, por lo que pude comprobar ambos conocían perfectamente sus respectivas vidas. Sus miradas risueñas se fijaron en mí y me sentí un poco intrusa, como una desconocida. Tenía esa sensación de que había ocurrido algo y yo me lo había perdido.

―¿Qué pasa? ―quise saber

El Viejo Tobías, como siempre, prefirió invitar a que el otro respondiese por los dos. Y la voz de Marcos me sorprendió. Ya no era la voz insegura y temerosa de antes sino una voz mucho más firme, dulce, cálida y agradable:

―Pasa que el…Viejo Tobías… ¿puedo llamarte así, de verdad? ―preguntó dirigiéndose a él

―¡Claro! Ya te he dicho que ese soy yo

―Pues… pasa que el Viejo Tobías y yo nos hemos conocido, Tatiana. Pasa que era verdad que teníamos algo en común, y pasa que ésta noche, cuando vuelva con mis padres, les contaré que he conocido una historia tan increíble que nunca la podré contar. Y todo gracias a ti, Tatiana

Y me decía aquello al mismo tiempo que me rompía el corazón, porque si ésta noche iba a volver con sus padres significaba que solo yo me había hecho la ilusión de haber encontrado al compañero de mi vida. Iba a volver a su casa después de haberse conocido con el Viejo Tobías y yo lo único que sabía de él era su nombre. No sabía si alegrarme o llorar

―Entonces… ¿no serás mi invitado ésta noche para ver la función?

El Viejo Tobías intervino:

―Quizás prefiera ir a su casa cuanto antes, tranquilizar a sus padres, contarles sus preocupaciones, y volver… ¿por ejemplo mañana con su consentimiento?. Ahora os prepararé algo para merendar.

Marcos pareció satisfecho con la proposición y a mí se me abrió una puerta a la esperanza de volverlo a ver… mañana.

―¿Te dejarán venir, Marcos?

Fue una súplica más que una pregunta

―Lo intentaré, Tatiana. Te prometo que lo intentaré con todas mis fuerzas.

Marcos se fue y yo volvía a mi caravana con un bocadillo en la mano y sin ninguna gana de comerlo. Abrí la puerta y entré como una muñeca automática. Había olvidado por completo la visita del Señor Krauss y ni siquiera pensé que aún podría estar allí. No estaba, pero sí mi madre, a quien no le presté ninguna atención. Creo que ni la vi al entrar. Lo cierto es que no le dije nada; ni hola. En mi mundo ya solo existían dos ojos; dos ojos negros que me absorbían como el abismo atrae al vértigo. Aquellos dos ojos negros… y su propietario.

Mi madre rompió el silencio:

―¿No es un poco tarde, Tatiana? ¿Dónde has estado?

Intenté darle la mayor naturalidad a mis palabras:

―Por ahí, Con el Viejo Tobías… y… con un amigo.

Ella quiso saber más:

―Un… amigo. Y.., ¿no puedo saber de quien se trata?

―No lo conoces, mamá. Es un chico de ésta ciudad con el que hemos estado hablando.

La noté más excitada y nerviosa que de costumbre y entonces recordé la visita del Señor Krauss.

Ella no me miraba de frente, solo de vez en cuando con el rabillo del ojo como si temiera que yo descubriese su preocupación. Me mantuve callada. La verdad es que yo no quería saber qué habían decidido sobre mi entrenamiento. Me daba miedo saberlo. Pero las cosas siguen su curso aunque nosotros queramos evadirlas, y fue ella la que provocó el tema:

―¿No tienes nada que preguntarme?

Me mantuve callada. Insistió:

―¿No tenías tanta ilusión por el trapecio?

Ahora estaba claro que no quería mirarme… o quizá que no quería que yo la mirase; me hablaba totalmente de espaldas mientras simulaba que manipulaba algo sobre la encimera.

Me veía obligada a contestar algo, y decidí ser sincera:

―Es que… ya no. No quiero ser trapecista.

Me preparé para recibir una gran borrasca de protestas, de críticas a mis “caprichosos cambios de opinión” de los que, últimamente, a menudo me acusaba. Hubo un silencio largo en el que vi que no movía ni los brazos. Al fin oí:

―¿Y eso?¿A qué se debe ese “caprichoso cambio de opinión”?

―No es un “caprichoso cambio de opinión”; ésta vez no, mamá. Es una decisión seria y una decisión firme. Seguramente es la decisión más firme que haya tomado nunca porque es una decisión mía. Solo mía.

Tras unos segundos de silencio durante los que mantuvo una paralización total, añadí:

―Me he dado cuenta de que la ilusión pertenecía a papá, y yo, que desde que nací he vivido sus entrenamientos, sacrificios, éxitos e incluso su último fracaso nunca me he sentido capaz de pensar que había otra vida fuera de éstas lonas; una vida que no cuelga de un trapecio, una vida que no es necesario entregar a un puñado de espectadores que han pagado su entrada para ver cómo te la juegas mientras ellos se divierten. La vida creo que es demasiado bonita para encerrarla dentro de la carpa de un Circo. Lo siento mamá, pero no voy a ser trapecista.

Se volvió y vi sus ojos llenos de lágrimas pero felices; lloraban de alegría. Corrió a abrazarme y dijo:

―Gracias, Tatiana, gracias. No sabes la alegría que me das y la preocupación que me quitas de encima. Desde la muerte de tu padre no he tenido otro temor que verte seguir sus pasos. No quería imponerte mi voluntad y solo ansiaba que se te olvidase aquella promesa cruel. Ahora respiro más tranquila. Era demasiado para una mujer pedirle que estuviese dispuesta a perder a su hija, a su única hija, de la misma manera como perdió a su marido.

―¿Y el Señor Strauss? ―pregunté

―¿Qué le pasa al Señor Strauss? ―preguntó mi madre componiendo al mismo tiempo una clarísima respuesta. Algo así como “¡¿qué pinta el Señor Strauss en todo esto?!” y adoptó una cara y una figura de luchadora con tal energía que las dos nos echamos a reír por primera vez en cuatro años.

Yo me sentía feliz. Feliz y liberada de algo que, sin darme cuenta, me oprimía creándome una frustración extraña por algo que aún no había intentado. Sintiéndome permanentemente culpable por no cumplir una especie de obligación a la que, en realidad, yo no me había comprometido. Pensé en el Viejo Tobías. Qué bien había dirigido mi voluntad a la libertad de decisión. Y sin intervenir él en nada. Lo hizo como quien abre la ventana a un pájaro para mostrarle que es posible el paso a través de ella, para salir o para entrar. Vi al Viejo Tobías abriendo ventanas. Me imaginé al Viejo Tobías rompiendo los cristales de las ventanas. Para que nadie pudiera cerrarlas a los demás.

El Viejo Tobías…

§ Se preparaba un día feliz §

con un detalle tonto―

A la mañana siguiente, era mi cumpleaños, 14 de julio de 1984; ¡cumplía 9 años!. Me levanté en cuanto oí a mi madre salir de la ducha, para ocuparla yo. Antes de entrar me besó con cariño:

―Felicidades, cielo

―Gracias, mamá.

Ya estaba secándome cuando la oí canturrear y empezar a descorrer las cortinas de las ventanas para inundar de luz el pequeño espacio que necesitábamos y al que, tanto ella como yo, nos habíamos adaptado; ella desde hacía diez años por amor y yo desde hacía exactamente nueve, por nacimiento. Algo le llamó la atención y me llamó:

―Tatiana, ¿conoces a ese chico?

El corazón me dio un vuelco. No sería…

Salí precipitadamente del baño y junte mi cara a la suya para acompañar su mirada frente a la ventana de la cocina.

―Es él. Es Marcos

―El chico de ayer, supongo ¿No es muy pronto para venir a visitarte?

Y me miró mi madre como pidiéndome explicaciones por su presencia

Allí enfrente, respetando la valla de separación que protegía las instalaciones del Circo de los visitantes no autorizados estaba Marcos. Observé que su negro pelo estaba bien arreglado, detalle al que presté atención porque me demostraba que había cumplido con su palabra y había vuelto a su casa. Pero el hecho de estar allí, esperándome a esas horas hizo que me inquietase. Me hizo mucha, muchísima ilusión volverlo a ver pero me preocupaba que hubiese vuelto a escapar de sus padres. Mi madre no sabía absolutamente nada de la historia y había que procurar que no se enterase porque yo adivinaba su reacción: la lógica entre mayores. Y no solamente mi madre sino el mismísimo Viejo Tobías se pondría en contra de su fuga. Había que evitar que hablasen con él antes que yo

―Voy a verle

―Tatiana, aunque es sábado y tu cumpleaños tenemos cosas que hacer. Ya lo sabes; un segundo solo, cariño.

Me vestí ligeramente. Me acordé de que ayer vine con el bocadillo sin empezar y de que al entrar lo dejé en un rincón del mueble junto a la puerta; mi madre estaba extraña y seguramente no lo vio. Aproveché la excusa de coger una chaqueta para ocultarlo, y salí corriendo a su encuentro.

Cuando estuve a su altura y volví a verme reflejada en sus ojazos negros estuve a punto de cogerle de la mano y seguir corriendo con él hasta que el mundo se acabase. Con dificultad me contuve:

No le dije nada. No pude

El a mí tampoco. Tampoco pudo.

Solo nos mirábamos.

Parecía que lo sabíamos todo. Y no sabíamos nada

Protegiéndolo con mi cuerpo de la vista de mi madre le puse el bocadillo en la mano. Se lo guardó creo que sin comprender. Solo pude decirle:

―Por si tienes hambre. A las cuatro aquí. Vete ―y esa palabra, “vete”, me hizo daño; me hirió la garganta.

Pero yo ya estaba volviendo a casa y preparando por el corto camino una historia convincente para tranquilizar a mi madre.

En cuanto entré preguntó:

―¿Qué le pasa?

―Ah, no nada, que… ayer le invité a ver la función de hoy para celebrar mi cumpleaños y no estaba seguro de la hora. Ha venido corriendo antes de ir de compras con sus padres y ahora vuelve corriendo a casa. ―Inventé deseando que fuese verdad.

La respuesta no era muy satisfactoria pero, al parecer, mi madre la aceptó. Al fin y al cabo no iba ella a preocuparse demasiado por las prisas de un francés desconocido.

Aunque durante la mañana yo me noté mucho más despistada las labores en casa se desarrollaron con normalidad y al fin llegó la hora de comer. La esperaba con impaciencia; tenía que darme gracia para conseguir comida para Marcos sin que mi madre sospechara nada y para ello me preparé una bolsa de plástico que disimulé sobre mis piernas y en la cual yo iba echando raciones de todo lo que mamá sacaba a la mesa. Un detalle que parece tonto: la bolsa era transparente. Cuando pensé que la cantidad que contenía sería suficiente para comer, merendar y cenar, y la miré estuve a punto de llevarla directamente a la basura; ¿te imaginas un revuelto compuesto por una ensalada de tomate, unos macarrones con su salsa también de tomate, unos trozos de merluza rebozada, casi media barra de pan cortado a trozos, y para que no faltase la celebración un buen trozo de tarta, todo apretado por su propio peso visto a través de un plástico transparente? Creo que en otra ocasión hubiese vomitado solo con verla y si no hice fue gracias a que, para conseguir preparar una cantidad suficiente de alimento para el dueño de aquellos ojos ―que no podía olvidar―, yo casi no probé bocado, así que mi propio apetito convirtió en… “aceptable” aquel amasijo informe y nauseabundo. Con disimulo hice un nudo a la bolsa y la escondí bajo aquella chaqueta de punto que antes había dejado sobre el cercano asiento.

Cinco minutos antes de las cuatro pasé corriendo por la caravana de los Lukas para excusarme por la falta de ayer y prometer recuperar la clase; les dije que hoy era mi cumple y que alguien me esperaba. Lukas y Antonio organizaron un escándalo para felicitarme y para que les perdonase por haberlo olvidado desde otros años, luego hicieron un chiste bromeando con mi “primera cita”, y dando un pequeño rodeo salí al exterior del recinto para no estar a la vista de las caravanas. Rodeé totalmente el Circo hasta que pude ver a Marcos por la espalda; esperaba en el mismo sitio que a las nueve de la mañana. No le había advertido de que allí podía verle mi madre desde la ventana. Con mucho cuidado le lancé una piedrecilla con el fin de llamar su atención; no acerté. Otra tampoco sirvió para nada. Una tercera aún se desvió más. Probablemente el tener una mano ocupada escondiendo la bolsa de la comida bajo la chaqueta que colgaba de mi brazo me impedía mejorar la puntería. No podía acercarme más sin correr el riesgo de que me viesen, no solo mi madre sino cualquiera del Circo y comenzasen a hacerse ideas equivocadas. Yo había visto películas en la tele donde los chicos y las chicas se hacen novios y tal, pero para eso se habían besado antes y yo no había besado a Marcos, aunque ahora que lo pensaba sentía como un hormigueo por la tripa solo con imaginármelo. Lo que yo no quería era que empezasen a gastarme bromas con ese tema; ¡vaya corte!.

Como no tuve suerte con las piedras intenté otra solución, y era llamarle por su nombre. Utilizando mi mano libre como bocina para que mi voz se dirigiese directamente a sus oídos, y solo a sus oídos, controlé un pequeño grito: “¡Marcos!”. No hubo reacción. El segundo más fuerte: “¡¡Marcos!!”. Me impacienté y grité con todas mis fuerzas: “¡¡¡Marcos!!!” pero me asustó la audacia y sin esperar al efecto me retiré corriendo a ocultarme en la curva de la carpa. El problema era que yo no sabía si me había oído, si había mirado hacia mí, o si mi grito se había perdido en el aire, o incluso si todo el Circo estaba ahora buscando con la mirada a su autora que, por otra parte, era fácil que hubiesen reconocido. Mi corazón estaba excitado con la emoción pero casi se para cuando repentinamente apareció ante mí.

Como dos bobos volvimos a quedarnos sin palabras y no se me ocurrió mejor idea que sacar aquella bolsa repugnante de debajo de la chaqueta y ofrecérsela esperando una muestra de agradecimiento. Si el aspecto cuando la llené era repulsivo imagínatela ahora después de casi hora y media, y dando bandazos debajo de una chaqueta de punto: sencillamente asqueroso. La miró. Me miró. La volvió a mirar. Y al fin con una indescriptible cara de preocupación habló. Al menos habló:

―¿Para que es “eso”?.

Yo no apartaba mis ojos de los suyos

―¿Eh? ―pregunté con dejadez, sin importarme un rábano lo que había preguntado.

―Que para qué es… “eso”.

Entonces miré la bolsa. Y a él. Y a la bolsa de nuevo y dije, como si me despertara en ese instante:

―Ah, “esto”. “Esto”… esto… nada; la basura, que iba a tirarla. O… ―¿cómo explicar aquello?― ¿…tienes hambre?

Al parecer, y afortunadamente, no relacionó la pregunta con aquel repelente revoltijo que colgaba asquerosamente de mis dedos y que ahora, sin saber bien porqué, apartaba de mí como si su sola presencia apestara el ambiente, porque contestó como si hubiésemos cambiado de conversación:

―¿Hambre? No; hace poco que he comido.

―¿En tu casa?

Tardó algo en responder y al fin lo hizo:

―No. No te quiero mentir. Sé que se lo prometí a Don…

―Viejo Tobías ―Le corregí. Y continuó:

―…al Viejo Tobías pero no pude; la verdad. Cuando estuve enfrente de la casa me sentí incapaz.

―¿Y dónde has comido? ¿Y dormir?

―Dejémoslo en que he dormido. Y bien. En cuanto a comer nunca me falta dinero en el bolsillo. A propósito ¿quieres un helado?

”Bien, bien” ―pensé―”esto está mejor; ahora empieza a parecerse más a una cita”.

―¡Sí!, encantada; me encantan los helados ¿y a ti? ¿te gustan los helados? Ah, sí, claro, que tonta

“¿Pero qué me está pasando?”

Nos acercamos a una heladería ambulante que habían instalado en los alrededores del Circo y cerca del recinto de las ferias y Marcos me invitó a que eligiese mi helado preferido. Había cantidad de sabores y se podían mezclar en cucuruchos de barquillo o en unas tarrinas de diferentes tamaños. Muy pocas veces podía yo tener un vicio así porque a mi mamá no le gustaba derrochar el dinero, y me preocupé del precio:

―¿Cuánto cuestan?

Marcos, muy serio me dijo:

―Eso no te importe; yo te invito al que tú quieras. Tu solo elige.

Era la primera vez que un chico me invitaba y, al parecer, lo normal era aceptar. Además de verdad tenía la boca seca y ahora, allí, con todos aquellos apetitosos helados a la vista me iba a resultar muy difícil resistirme a elegir uno grande y con dos o tres sabores. Así que:

―En una tarrina de esas… me pone…¿dos bolas? ―miré a Marcos como pidiéndole permiso

Y entonces me pareció el momento de decírselo:

―Así celebramos… que hoy cumplo nueve años.

―¿En serio? ¡Y no me habías dicho nada!

―Te he invitado al Circo ¿no?

Marcos me dio un empujón bromeando:

―Entonces, qué pasa ¿qué no te gusta el helado?

―Sí, ¿porqué?

―¡Pues no lo pidas tan pequeño; eso no es nada!.

Y dirigiéndose a la heladera le preguntó:

―¿No tiene mayor que esa?, señalando unas tarrinas enormes de medio litro que había en un extremo del mostrador

La heladera le respondió:

―¿Mayor? Puedes comprar dos o más pero la mayor tarrina es esa, y te advierto que vale cinco euros.

―¡Vale! Pues esa. Y a mí otra igual. ¿De qué la llenamos Tatiana?

En aquel momento aquella pregunta me sonó como a Aladino cuando el genio de la lámpara le ofreció los tres deseos. Solo que a Aladino estoy segura de que no le preocupaba el precio de sus deseos. A mí sí. Y volví a planteárselo al bueno de Marcos.

―Mira Tatiana ―me dijo muy serio― mis padres tienen dinero, mucho dinero y a mí no me lo niegan. Siempre dispongo del dinero más que suficiente para mis necesidades, para mis caprichos; quizá sea el dinero lo único que mis padres no me niegan.

Y se entristeció al decirlo. Su cara cambió de expresión y noté que quería seguir hablando. Yo le ayudé manteniéndome callada mientras saboreábamos los enormes helados paseando entre las atracciones de las ferias.

―¿Sabes? Ayer me fui de casa porque no resistía más la vida que llevo. No me falta de nada y sin embargo no tengo a nadie. No tengo padre, no tengo madre, no tengo hermana

―¿Han… muerto? ―Pregunté con cierta preocupación

― No, qué va. Viven, y viven en casa pero viven su vida. Yo no cuento. A mí me echan dinero como a un perro se le echa pan; para que no moleste. Yo debo de limitarme a cumplir con mi obligación que es ir al Colegio. Al Colegio, Oh sí, a un Colegio caro, por supuesto, y siempre bien vestido, y para eso está Louise, una criada cuya única misión es mantenerme decente, bien limpio, bien peinado, bien vestido… pero… estate segura de que ayer ni siquiera se enteraron de que me había fugado de casa; de que no aparecí a comer… y si no hubiese sido por el Señor Tobías…

―Viejo Tobías ―le corregí

―Si no hubiese sido por el Viejo Tobías… y por ti, claro, que me lo presentaste, creo que nunca hubiese decidido volver.

―Pero, no has vuelto.

―Lo haré ésta noche; ésta mañana he pensado mucho en todo lo que me dijo

―¿Tan rápido te convenció?

―¿Rápido? Hablamos durante mucho rato. Yo le conté casi toda mi vida y el a mí… unas historias maravillosas que me hicieron ver lo que me convenía y me enseñó a afrontar la vida de otra forma, al menos mientras no tenga más remedio que obedecer a mis padres.

―Un momento. ¿Hablas de ayer? ¿de la conversación que tuvisteis mientras yo compraba el pan?

―Sí, claro. Cuándo si no

―Pero solo fueron segundos… unos pocos minutos. Tres o cuatro…

―¿Tres o cuatro minutos? O cinco o seis horas, Tatiana, y cuando recuerdo todo lo que hablamos pienso que ni en un día entero nos pudo dar tiempo. Seguro que tú te distrajiste por ahí y se te hizo corto el tiempo.

No quise discutir algo que no tenía sentido; yo conocía perfectamente mi distribución del tiempo y recordaba exactamente mis movimientos y en ningún caso pude emplear más de cuatro minutos en ir, comprar y volver. Quizá la tensión a que se encontraba sometido Marcos le hacía confundir la apreciación de la realidad. Simplemente no quise discutir; no sería un buen comienzo para una amistad… ¿o sí?. No tenía experiencia en eso y preferí dejarlo así.

―Dejemos eso ―quise volver al tema de su vida:― ¿A qué se dedican tus padres?

―Mi padre vende aviones

―Aviones? ―pregunté incrédula. No conozco a nadie que venda aviones. ¿Cómo y dónde se venden aviones?

―Sí, aviones. Aviones de verdad. El representa a fábricas de aviones y es el que hace tratos con las Compañías aéreas y también con los gobiernos. Así que está continuamente viajando y asistiendo a fiestas donde va gente muy importante; presidentes, ministros y hasta reyes. Y mi madre es una pija que sufre por no poder ir a esas fiestas, porque él no la invita, y entonces organiza las suyas para contrarrestar. Y luego está mi hermana, Catherine, que está estudiando ingeniería desde hace quince años y que, según dice, progresa adecuadamente. Como ves, una gozada.

Eran pasadas las seis de la tarde. Mi madre haría rato que estaría tras la taquilla, vendiendo las entradas para la función de las ocho, y podíamos aún aprovechar para disfrutar de un paseo por los alrededores. En alguna ocasión en que me había apetecido ver el espectáculo, solía esperar hasta el último momento. Siempre quedaba alguna silla vacía, alguna entrada sin vender, y yo la ocupaba. Los sábados eso era más difícil, pues casi siempre el lleno era total, pero yo había invitado a Marcos y quería conseguirle dos buenas localidades, bien cerca de la pista.

La tarde quedó mejor de lo que había comenzado; salió el sol y había mucha animación en la zona, especialmente en el recinto de las ferias. Marcos, deseoso de celebrar mi cumpleaños, no dejó de invitarme durante toda la tarde. Nos montamos en los autos de choque, en las sillas voladoras, en la noria, en el tiovivo de los caballos… tiramos al blanco, pescamos peces de plástico… nos reíamos y disfrutábamos con todo. A Marcos se le ocurrió comprar un algodón de azúcar rosa y pedirle al señor que los hacía que lo hiciese el doble de grande de lo normal: él pagaría el doble. Así comeríamos los dos al mismo tiempo. Uno por cada lado. Acabamos con las dos caras totalmente metidas dentro de aquella nube y pronto el azúcar comenzó a deshacerse y a embadurnarnos boca, cara, nariz, ojos y pelos convirtiéndonos en los seres más pegajosos que te puedas imaginar. El agua de una fuente solo sirvió para empeorar la situación, pues el pringue lo extendíamos con las manos por los rincones que antes se habían salvado. Sin podernos secar, sin poder tocarnos la ropa, sin poder ir a ningún sitio sin llamar la atención decidimos recurrir a “casa”, al Circo. Casi a ciegas, porque se nos pegaban los párpados y sin dejar de reír íbamos zigzagueando entre las caravanas cuando la voz del Viejo Tobías sonó a nuestra derecha:

―¿Qué os han hecho?

Esa pregunta aún nos causó más risa

―Nada, nada. No nos han hecho nada; nos lo hemos hecho nosotros mismos

Y vuelta a reír

―Venga, que como os descubran las moscas os van a comer vivos. Entrad a lavaros, que parecéis un par de chucherías con patas.

Gracias al jabón y a abundante agua volvimos a estar decentes y para cuando acabamos de peinarnos, el Viejo Tobías ya tenía una merienda preparada sobre la mesa para los tres.

No teníamos mucho apetito después del atracón de helado y de azúcar, pero nos sentamos a gusto por descansar y por poder disfrutar un rato de su conversación.

―¿Qué pasó, muchacho, te fallaron las fuerzas? ―preguntó repentinamente con una expresión comprensiva

―¿Cómo… cómo lo sabe? ―se sorprendió Marcos

―Por la camisa; a un chico como tú no le permiten llevar dos días seguidos la misma camisa… sucia

―Nos hemos manchado ahora, y mucho

―Pero sigues teniendo las manchas que tenías ayer. Venga, ¿qué paso?

―Lo siento Tobías, perdón, Viejo Tobías; tienes razón: no fui a casa. Es decir, fui pero no me sentí capaz de entrar. A pesar de lo que hablamos. No pude… Y, por otra parte, ¿dónde está mi libertad si no puedo decidir lo que hacer?. Eso no me quedó claro.

―¿Tu libertad? Tú no tienes libertad ―acentuó a propósito ese rotundo “no”― Ni tú, ni yo, ni nadie tiene libertad para hacer lo que quiere. Y nadie debe tenerla.

Marcos y yo le mirábamos extrañados porque no era esa la opinión que esperábamos de él. E intervine:

―Pero… ¿tú no luchaste por ella?

La respuesta fue tajante:

―¡Jamás! ¡Nunca por la libertad! Luché e hice una guerra por la Justicia; escúchame bien, por la Jus-ti-cia. La Justicia es la que da libertad y marca sus límites, una vez conseguida.

―¿Sus límites? ―ahora fue Marcos el que hablaba― Pero… si a la libertad se le ponen límites ¿dónde está la libertad?

―Ahí, entre ellos, entre sus límites. Si las cosas, las ideas, los conceptos, los lugares, no tuvieran límites no estarían a nuestro alcance y eso sería lo más parecido a no existir. Eso se olvida muy frecuentemente y de ahí vienen muchos errores. Y en realidad es de lo más fácil de entender. Mirad, mirad a vuestro alrededor, y veréis límites, y esos límites son los que definen las cosas. Esta mesa, ¿Qué es? Unos límites, aquí, aquí, aquí y aquí que limitan a un tablero que si fuese ilimitado sería inaccesible incluso para nuestra vista. Sería un horizonte de tablero sin fin y sin utilidad ninguna. Una cara, ¿qué es? Unos límites, unos contornos, que a su vez contienen otros límites que forman los ojos, la nariz… Todo tiene límite para que sea útil. Unas veces los límites los pone el carpintero, para la mesa, otras veces la naturaleza, para la cara, y otras veces el lapicero, para definir un dibujo. Y los límites de la Libertad los debe de poner la Justicia. Y por ella sí que hay que luchar. En cualquier lugar. Si toda la fuerza que se ha empleado en el mundo para conseguir libertad se hubiese aplicado para imponer la Justicia hoy la Tierra sería un lugar sin diferencias entre las personas, sin motivos para las guerras, las envidias, las protestas, las desigualdades. El problema es definir una Justicia Justa. Una Justicia universal aceptada por todos y al servicio de todos. No conozco a nadie capacitado para hacerlo.

―Pero… en mi casa no hay justicia

Marcos volvió a llevar el tema a su territorio.

―Por lo tanto no hay libertad. No pretendas pues hacer uso de ella ―le respondió el Viejo Tobías

―Entonces ¿debo aguantarme?

―Tienes varias opciones: puedes aguantarte, como bien has dicho, puedes protestar, y puedes esforzarte por conseguir que la situación cambie. ¿Cómo? Pues exigiendo la Justicia, por ejemplo, y ella marcará automáticamente los límites a tu libertad; una vez que tenemos límites… ya tenemos argumento, sustancia, materia, libertad.

Permanecimos callados hasta que el Viejo Tobías creyó oportuno continuar:

―Vuelve a tu casa Marcos, y habla. Habla con tu padre, con tu madre. Exponles tus ideas y tus preocupaciones, y tus quejas; hay que quejarse. Ojalá la gente nos quejásemos más… e insistiésemos y exigiésemos. Ayudaríamos mucho a ir creando esa Justicia que necesitamos para ser todo lo libre que ella nos permita.

§ Con todos ustedes…¡La mayor tragedia del mundo! §

En ese momento un escándalo de sirenas nos sobresaltó. Destellos de luces azules invadieron las ventanas y las sirenas fueron sustituidas por sonoros frenazos derrapando en la gravilla a nuestro alrededor.

Los tres nos precipitamos hacia la ventana y vimos que todo el recinto del Circo estaba tomado por la Policía. Pudimos contar ocho coches a nuestra vista y supusimos muchos más a juzgar por los reflejos de los destellos azules entre las caravanas. Varios gendarmes se encontraban de pie junto a los coches con armas en las manos controlando la situación.

Había mucha gente en la taquilla de mi madre y algunos ya estaban entrando y ocupando sus localidades y ahora se quedaban ahí asustados sin saber que hacer. Los gendarmes les obligaron a entrar, a todos, incluso a los que aún no tenían la entrada. Dieron la orden de que nadie podía salir de allí.

Enseguida apareció el Señor Krauss, vestido de gala, con sus pantalones negros, su camisa blanca y su chaleco rojo ribeteado de oro, gesticulando y morado de ira. Hablaba con el jefe de policía y negaba insistentemente con la cabeza. El policía le enseñaba unos papeles y el Señor Krauss se llevaba las manos a la cabeza, retrocedía, volvía a negar, y no paraba de gesticular. El jefe indicó algo a un gendarme y éste se dirigió rápido a la taquilla de mi madre. Otro gendarme se le unió corriendo portando una metralleta agarrada con las dos manos. Yo no pude soportar la angustia y sin decir nada, sin despedirme, salí corriendo hacia ella. Me detuvieron antes de llegar. Gritaban. Todos gritaban y estaban muy nerviosos. Yo oía los gritos de mamá llamándome y llorando. Se mezclaban todas las voces con las luces destellantes, mis gritos, ¡mamá! ¡mamá!, los gendarmes, ¡que no salga nadie!, el Señor Krauss ¡esto no puede serrr! ¡esto no puede serrr!.

Al fin sale mi madre y podemos abrazarnos mientras la policía nos empuja al interior de la carpa. Allí el alboroto es impresionante, hasta que el jefe de policía coge un micrófono y pide silencio por los altavoces. Tarda en conseguirlo. Explica que todo el mundo debe de enseñar su carné de Identidad o su pasaporte para poder salir y que guarden sus entradas para volver a entrar, porque la función comenzará, como estaba previsto, en cuanto ellos acaben con la investigación. Todo el mundo se mira y nadie sabemos nada. La luz es muy tenue; solo la suficiente para acomodar al público en condiciones normales. Para el espectáculo hay que echar mano de un gran generador propiedad del Circo que suministra la potencia necesaria para los grandes focos y los cientos de bombillas que iluminan la pista. El policía jefe pidió más luz para que sus guardias pudiesen leer los documentos de identidad del público que se amontonaba en la salida, y el Señor Krauss le dijo que no, que no se podía poner en marcha el generador mientras no estuviese su responsable que era Poursel, el electricista, y que casualmente no aparecía.

Solo al día siguiente y gracias a Poursel supimos lo que estaba ocurriendo fuera de nuestra vista: La policía venía ¡buscando a Marcos!. Al parecer sus padres alarmados por su desaparición denunciaron al Circo por secuestro. Concretamente a un hombre mayor integrante del Circo a cuya caravana alguien conocido de la familia vio como subía Marcos. Se referían, claro está, al Viejo Tobías. Cuando Poursel oyó aquello se deslizó por debajo del toldo y arrastrándose consiguió acercarse a la caravana del Viejo Tobías sin ser visto por los gendarmes y avisarle, para que estuviese preparado. Puedes pensar que utilizó algún truco de su magia para conseguirlo. Luego siguió a gatas por debajo incluso de los propios coches de los policías hasta la calle y esperó a ver en que acababa aquel jaleo.

Mientras, el policía empezó a perder la paciencia y como no aparecía el electricista ordenó, a pesar del enfado del Señor Krauss, a uno de los gendarmes que pusiera en marcha el motor del generador. El Señor Krauss tenía razón porque había problemas para arrancar aquel motor. Disponía de su propia batería pero últimamente, por un fallo, creo por lo que oí, que en un limitador, la batería no se cargaba bien y era necesario conectarla, por medio de unos cables, a la de un camión que a su vez debía de estar en marcha durante la operación. El caso es que aquel policía no se informó de éstos detalles y actuó por su cuenta en cuando localizó los cables. El generador se puso en marcha y corrió a darle la buena noticia a su jefe. Vimos cómo se encendían las grandes luces del techo y segundos después una gran explosión sacudió toda la carpa. La gente enmudeció y repentinamente comenzaron a gritar: ¡Fuego! ¡Fuego!. Un resplandor amarillo se filtraba a través de la lona, a la izquierda de la salida y al dirigir las miradas hacia él una enorme llama abrió como un cuchillo la tela avanzando por sus bordes laterales y subiendo muy rápidamente hacia el altísimo techo. Los gritos eran de locura. En el interior el pánico era general, pero en el exterior, que el hueco quemado nos dejaba ver, el panorama era espeluznante: varias caravanas, camiones y coches ardían y se mezclaban con las luces azules de los coches de policía que se movilizaban para escapar de las llamas. En sus ansias por salir el público se empujaba, se pisaba y se aplastaba sin contemplaciones y sin poderlo evitar; era una corriente humana imparable la que se concentraba en la puerta y los gritos desgarradores. En medio de aquella locura me dirigí a mamá y grité: ¡¿Y Marcos?!. Ella no sabía que yo acababa de dejarlo en la caravana del Viejo Tobías y me miró sorprendida. Entonces, ya más cerca del exterior, podíamos ver la caravana totalmente rodeada de fuego. Y grité. Un grito horrible por lo que significaba y por lo inútil pues entre tantos alaridos mi voz era solo una más y no de las más potentes. Seguí gritando “¡Marcos!, ¡Marcos!” hasta que ya no me quedaba más voz y cuando me vi liberada de la marea humana, ya en el exterior, y la gente se retiraba huyendo del calor de las llamas seguí acercándome inconscientemente a aquella hoguera que comenzaba a deformarse retorciendo sus paredes. Alguien me agarró fuertemente de un brazo y me apartó de un tremendo tirón que me hizo caer a los pies de mi madre, que lloraba enloquecida. A mi mirada suplicante solo pudo decir: “¿El Viejo Tobías?” y yo le respondí “¡Marcos!”. Entonces comprendió que el fuego los había pillado juntos.

Una ráfaga de aire y humo seguida de un estruendo lanzó miles de chispas en todas las direcciones. Se habían quemado los tirantes que mantenían levantados dos de los ocho mástiles de la carpa y habían caído arrastrando parte del techo y produciendo la salida forzada del aire que contenía esa zona. Fue como echar leña en una fogata. Aparecieron unos sopladores de humo rodeando el derrumbe y en un instante se convirtieron en sopletes devoradores de todo lo que alcanzaban. A rastras alguien nos alejó de allí. Entonces me di cuenta de que eran los bomberos.

Nos trasladaron a unas ambulancias donde el personal sanitario nos trataba con mucha ternura, con mucho cariño, y nos pusieron una inyección; dijeron que para ayudarnos a descansar, En ningún momento nos dejaron solas y yo oía sus voces pero no te puedo decir lo que decían; todo era un revoltijo de palabras, de frases, de caras nuevas que se asomaban a nuestra mirada y trataban de sonreírnos de una forma estúpida. Yo solo quería oír el nombre de Marcos pero nadie hablaba de él…, ni del Viejo Tobías…… Nos llevaron………, creo, a algún sitio……………….. Mamá…………… No era un… hotel……………; me parece………………………………….… Marcos?……………………….ni un hospital…………………………… igual………………………… no sé……………………………………………

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

§ Cenizas, cenizas, cenizas §

y lágrimas, lágrimas, lágrimas―

El calmante había hecho efecto y era casi medio día cuando mamá y yo amanecimos en un sencillo cuarto desconocido. Abrimos una persiana y estábamos frente al río Garona. Ante nuestra casa un barco de guerra de color gris tenía la pasarela colocada e invitaba al público a visitarlo. Creo que las dos dudamos si nos encontrábamos viviendo un sueño, porque aquello no cuadraba con nuestra vida diaria; nos costó encontrar relación entre el momento y… ¡el Circo!. Esa fue la palabra clave que sirvió de enlace. Y eso no había sido un sueño. Volvimos a llorar, pero ahora con conciencia, con conocimiento, con preocupación razonable.

¿Qué iba a ser de nosotras? ¿Qué estaba siendo de nosotras?. Alguien llamó tímidamente a la puerta de nuestra habitación. Mi madre dijo: “Sí?, Adelante”. Y la cabecita blanca de una señora mayor se asomó despacito, con una cara angelical. Con un hilito de voz nos dio los “buenos días” y nos preguntó si habíamos descansado y si nos apetecería desayunar. Aunque “es cerca de la una del medio día” añadió. Ninguna de las dos teníamos apetito y nos apresuramos a vestirnos –tampoco teníamos idea clara de habernos desnudado– para salir del cuarto y agradecer a aquella señora el refugio que nos había proporcionado. Cuando salimos nos esperaba en la cocina acompañada de su anciano marido, de apariencia tan dulce y agradable como ella. Nos pusieron más o menos al corriente de lo ocurrido y se ofrecieron con toda simpatía a seguir acogiéndonos todo el tiempo necesario.

El responsable de la ambulancia les entregó la dirección de una comisaría. Al parecer el Señor Strauss fue detenido como responsable del Circo y exigió que se informase a todo el personal de la Compañía del lugar a donde le llevaban ya que era el único lazo de unión de unas personas desperdigadas en hoteles, hospitales, y casas particulares en una ciudad ajena. Además muchas caravanas habían ardido totalmente y con ellas habían desaparecido los documentos de sus propietarios siendo el Señor Strauss, junto con su mujer, los únicos que podían atestiguar su identidad.

Aquel par de ángeles incluso nos prestaron dinero para que pudiésemos tomar un taxi que nos acercase a la comisaría. La llegada fue muy emocionante, pues allí, junto a la puerta de la gendarmería estaba toda la plantilla del Circo hablando a la vez y cuando aparecimos todos corrieron hacia nosotros llorando de emoción y de alegría. “¡Míralas!” se oía, “¡Ay, estáis bien!”, y nos besaban y abrazaban. Casi todos habíamos perdido el contacto con los demás y nos habían desperdigado por separado, pero ahora nos habíamos vuelto a juntar todos, y, al parecer, sanos y salvos, ¿He dicho todos?… ¡¿Marcos y el Viejo Tobías?!

―¿Les habéis visto?… ¿Habéis visto a Marcos y al Viejo Tobías?… ¡¿ALGUIEN HA VISTO A MARCOS Y AL VIEJO TOBÍAS?!

La voz se me quebró cuando vi las caras de los pocos que se atrevían a mirarme. Oí que alguien preguntaba en voz baja: “¿quién es Marcos?”; comprendí que muchos no lo conocían. Suplicante fui recorriendo los ojos de cada uno buscando una respuesta. Poursel se adelantó con ojos llorosos y fue entonces cuando nos contó todo lo que sabía, pero a su relato le faltaba el final feliz: no sabía qué había ocurrido con ellos durante el incendio. En silencio, creo que todos pensamos lo peor. Madre mía, cuánto lloré. Cómo se puede echar en falta y sufrir por alguien a quien solo se ha conocido unas pocas horas… Pero es que… fue mi primer amor. Y se fue probablemente sin enterarse. Si por lo menos se lo hubiese dicho…

Hubo momentos en que me despreciaba a mí misma por mi comportamiento con el Viejo Tobías; le privé de mis lágrimas para entregárselas todas a Marcos. No era justo. Aquello no era justo y era la justicia lo que él más valoraba, y de ella hablaban sus últimas palabras que yo recordaba.

Un revuelo nos llamó la atención en la puerta de la comisaría. Salía Josephine de ver a su marido; todos nos acercamos. La mujerona se quedó en la plataforma de la escalinata tres peldaños por encima de la acera para que todos pudiésemos oír sus noticias. Con las manos impuso silencio como una directora de orquesta, y con las manos aún en alto nos pasó revista a todos. En cuanto me vio sus ojos se abrieron especialmente y dirigiéndose a mí gritó: ¡Una buena noticia, Tatiana, Marcos está bien!

No me lo creí. Bueno, me lo creí pero como que no podía ser. No encajaba. Yo había visto la caravana ardiendo; alguien me retiró de allí porque no había posibilidad de hacer nada; le lloramos, y ahora estábamos todos juntos allí menos él, menos ellos, y ahora viene Josephine y dice que está bien. ¿Cómo que está bien?. ¿Dónde está bien?, y si está bien… el Viejo Tobías… ¿también está bien?

―¿Está…bien? ―pregunté automáticamente

―¡Si, Tatiana, está bien! ¡está en su casa!

Ahora fue cuando mi cuerpo se lo creyó y el corazón comenzó a celebrarlo. “Está bien y en su casa”. ¡Claro! Yo, nosotras, también habíamos pasado la noche en una casa, en una casa ajena, y él que tenía casa en la ciudad pues lo normal es que se hubiese refugiado en ella. Y yo como una idiota creyéndole muerto.

Mientras Josephine seguía dando noticias sobre el estado de ánimo de su marido y poco más porque el comisario se había mostrado bastante antipático. Debía de estar muy molesto por la actuación de su personal y por la responsabilidad que pudiera caerle por lo sucedido, porque en realidad fue la policía la que originó el incendio según pudimos saber por boca del propio Señor Krauss esa misma tarde; lo dejaron libre sobre las cinco. Allí estábamos todos esperándole y le recibimos con un aplauso que le emocionó: eran días de lágrimas.

Los gendarmes nos pidieron que desalojásemos por favor aquella zona y nos indicaron una plazoleta próxima donde poder mantener una reunión tranquilos. Todos en pie alrededor del Señor Krauss escuchamos con atención las noticias que traía después de haber hablado con el juez, el comisario y sobre todo con el abogado de la familia de Marcos. De esa forma pudimos saber cómo se vivió la tragedia en el interior de la pequeña caravana, y con sus declaraciones yo perdí toda esperanza de volver a ver a aquel chico que tantos sueños había inspirado a mi corazón. El hecho era que Marcos estaba sano y salvo en su casa y que el padre había retirado la denuncia pero prohibía terminantemente ver a su hijo y dar su dirección. Esa frase me dolió como un golpe en el estómago. Según contó, después de que yo los dejara para reunirme con mi madre cuando vi que la policía la acosaba, permanecieron allí agazapados sin saber exactamente la razón de aquel asalto, aunque en el fondo los dos temían ser afectados por la invasión policial. Marcos por prófugo y el Viejo Tobías porque no tenía ningún documento que justificase su identificación: era un “sin papeles”. Oyeron que alguien golpeaba el suelo desde abajo para llamar su atención, y la voz de Poursel les puso al corriente. Los dos al oír que estaban pidiendo las identificaciones se asustaron y se refugiaron en el baño por si a la policía se le ocurría investigar a través de las ventanas

Y desde su puesto de observación vieron cómo aquel policía manipulaba torpemente con los cables sin preocuparse de por donde pasaban ni de retirarlos una vez el motor se puso en marcha. La explosión les sorprendió y en un momento se vieron rodeados por las llamas. Rápidamente El Viejo Tobías abrió la puerta y saltó al exterior, pero Marcos se asustó y fue incapaz de atravesar el fuego que subía cada vez más intensamente desde el suelo. El Viejo Tobías le gritaba y él lo veía por la ventana pero era incapaz de reaccionar y decidirse a salir. Entonces El Viejo Tobías repentinamente volvió a aparecer en el interior, con las ropas ardiendo. De un puñetazo rompió la claraboya del techo, e izó a Marcos hasta arriba. De allí le fue fácil saltar a la camioneta del Viejo y de ésta al suelo, y salir corriendo. No miró en ningún momento atrás.

El juez ordenó inspeccionar el lugar para buscar los restos. Todo se había reducido a cenizas.

De momento al Señor Strauss se le prohíbe abandonar el país por si aparecen víctimas, como responsable del personal y para futuras declaraciones.

Oído esto todos deseábamos ver cómo había quedado el Circo, y decidimos ir andando; parecía una manifestación. En cuanto apareció el parque donde estaba el recinto ferial pudimos comprobar que faltaba la majestuosa silueta de la carpa; nada sobresalía por encima de la altura de la fuente, y detrás de ella la imagen de la desolación. Tras un cordón policial de protección y vigilancia el color negro lo dominaba todo y un olor asqueroso a basura quemada obligaba a los numerosos curiosos a cubrirse la nariz con sus pañuelos. El mal olor lo produce el agua de los bomberos al juntarse con las lonas y maderas quemadas. A un lado seis o siete restos inidentificables de otras tantas caravanas, más de diez coches calcinados y tres grandes camiones que aún conservaban su volumen aunque abrasados.

No quiero contarte las reacciones de cada uno de nosotros –por supuesto me refiero a los compañeros del Circo– por respeto a su memoria. Baste con decir que incluso los payasos lloraron, los poetas… mis dos poetas blasfemaron y maldijeron, los malabaristas se paralizaron, los equilibristas se derrumbaron, los músicos guardaban silencio…

Como detalle curioso recuerdo que solo después de un buen rato en silencio, solo roto por los incontenibles gemidos que de vez en cuando se nos escapaban a todos alrededor de las cenizas del lugar del Viejo Tobías rindiéndole un último y sentido homenaje, nos interesamos por lo que había quedado recuperable de nuestras pertenencias y que en la mayoría de los casos eran todo cuanto teníamos en el mundo; solo estábamos respaldados por lo poco o mucho que cada uno guardaba en nuestras cuentas bancarias; era una forma segura de viajar entre diferentes países sin peligro de robos o pérdidas.

Por fortuna nuestra caravana no había sufrido daños, excepto un gran rasponazo en un lateral producido sin duda por el equipo de bomberos al retirarla de la proximidad del fuego; El interior estaba intacto. El coche también se había salvado.

Ya íbamos a abandonar el lugar cuando descubrí arrimados a un montón de chatarra los restos reconocibles de la taquilla donde mamá vendía diariamente las entradas. Quise que mamá les echara una última mirada y cuando vi su expresión de profundo pesar no pude resistir la tentación de entrar, de colocarme por un instante detrás de la ventanilla por la que había pasado el dinero que permitió vivir a tanta gente durante tantos años y que mi madre había cambiado por coloridas y vistosas entradas a un mundo de ilusión. Quise sentir sus sensaciones y paseé mi mirada por el marco que me ofrecía el pequeño recinto. De pronto quedé fascinada ante las letras pegadas al interior del cristal sobre la ventanilla. Era el nombre del Circo y yo lo veía al revés:

TOBIAS OCRIC, al revés: CIRCO SAIBOT

Tardé un rato en convencerme de que el destino y la casualidad estaban jugando conmigo. Ni siquiera se lo comenté a mamá.

Esa misma tarde hubo gente que decidió marcharse de esa ciudad. Así, a la aventura. Había que rehacer la vida y cuanto antes mejor. Precipitadamente tomamos nota del número de teléfono de la gendarmería de Burdeos para que todos pudiésemos estar en contacto a través del Señor Krauss; desde cualquier parte del mundo podríamos llamar y nos comunicarían con él y de ésta forma tener noticias de todos los integrantes de aquella gran familia. Solo los más perjudicados, que habían perdido incluso sus documentos y pasaportes se vieron obligados a quedarse en la ciudad hasta que su situación se normalizase. Allí mismo hicimos un pacto para que el Señor Krauss administrase el dinero que nos pudiera corresponder como indemnización, en caso de que el gobierno reconociese su responsabilidad por el desastre ocasionado por aquella acción estúpida de la policía, o por medio de las Compañías de Seguros, para que nadie quedase más perjudicado que los demás.

Mi madre siempre había sido valiente y en aquellos momentos aún me lo pareció más. Yo la veía animada y desafiante y trató de contagiarme su optimismo asegurándome que mañana lunes al punto de la mañana ya tendríamos un plan que nos permitiría un puesto de trabajo. Conocía al suficiente personal en los Consulados y Embajadas como para asegurarse unos ingresos; ¿dónde?, eso era otro tema.

Volvimos a pasar la noche con la misma pareja de ángeles que la anterior y mi madre les llevó una enorme caja de bombones y una botella de licor. No encontramos otro comercio abierto a esas horas de la tarde en domingo.

A la mañana siguiente todo salió como mamá había previsto, y antes de las once de la mañana estábamos en la carretera dispuestos a recorrer los más de quinientos kilómetros que nos separaban de París donde le esperaban a mamá en la Embajada de Polonia. No hubo despedidas tristes, deprimentes o dolorosas; simplemente: no hubo despedidas. Así es mejor. Lo que tiene que ocurrir se afronta y por eso no se quiere ni se deja de querer más a nadie

Hasta aquí llega la parte de mi vida relacionada con el Circo. Ya no te voy a contar nada más de Tatiana niña. Se ha terminado.

Solo añadiré para que comprendas mejor los sucesos siguientes que aproximadamente una semana después perdimos todo contacto con el Señor Krauss. La gendarmería se desentendió del tema y a pesar de las insistencias de mi madre no conseguimos ningún dato; argumentaban que había quedado libre de todo cargo y que desconocían su paradero. “Francia es un país libre y respetuosa con los derechos humanos, Madame”.

§ Tercer capítulo §

Ya dije que no había segundo―

La sorpresa final―

A partir de ahora va a ser una Tatiana mayor, una Tatiana de treinta y cinco, casada, con dos hijos, la que te escribe; esto es corto, espero que no te aburra.

Llevaba dieciocho años viviendo en Paris. Gracias al trabajo y a los esfuerzos de mamá yo pude seguir estudiando y me dediqué a perfeccionar los idiomas que por suerte había aprendido desde niña, lo que me permitió conseguir sin ningún problema trabajo como intérprete de congresos y traductora en varias editoriales. Ella hace tres años que vive en Bruselas (Bélgica) dando clases en un colegio particular.

Una tarde casualmente vi que se anunciaba la próxima instalación de un Circo. Su nombre me perturbó. Habrás adivinado que, en efecto, se anunciaba como el Gran Circo SAIBOT. Casualmente el estreno estaba anunciado para el día 14 de julio; fecha histórica en mi vida pero nada extraña en Francia ya que es Fiesta Nacional. Con curiosidad anoté el lugar y acudí a la función de estreno. No había vuelto a acercarme a un Circo desde aquellos acontecimientos y me acerqué a la taquilla con emoción. Compré una localidad en silla de pista, lo más cerca del centro dispuesta a celebrar de esa forma mis veintiocho años. Cuando entré más de la mitad de las localidades estaban ya ocupadas y varios espectadores tuvieron que levantarse para permitirme pasar hasta la silla que me correspondía. Me senté, y en ese momento la silla crujió cediendo las tablillas del asiento. Mi culo quedó empotrado y un grito de sorpresa puso música a aquel momento tan bochornoso. Mi confusión era tal que el instantáneo recuerdo de lo ocurrido un día a mi madre me pareció tan imposible que llegué a dudar de si se trataba de una alucinación momentánea que mi cerebro acababa de inventar. Desorientada y suplicante extendí los brazos hacia delante para que algún alma caritativa me ayudase a incorporarme, y… ¡ocurrió el milagro!. Un guapo joven moreno de enormes “ojos negros como dos túneles en los que me apetecía entrar. Entrar y perderme dentro de sus profundidades para explorar los tesoros escondidos, y a los que estaba segura de alcanzar siguiendo los destellos de luz que sin cesar los iluminaban. Juro que nunca había visto antes nada igual” ―¿te suena de algo?―. Rectifico: juro que estuve a punto de desmayarme estrechada entre sus brazos, y juro que nunca los había olvidado desde que hacía dieciocho años me envolvieron en sus profundidades. Era Marcos hecho hombre; ¡era Marcos hecho Dios!. Era un sueño; ¡era un espectáculo más grande que el mayor espectáculo del mundo!. Éramos, abrazados, un espectáculo que mereció un cálido aplauso del público que, sin dejar de aplaudir, mientras permanecíamos abrazados, nos iba abriendo el paso hasta la puerta de salida.

No sé cuanto tiempo invirtieron los acomodadores en hacernos comprender que nos estaban hablando. Solo teníamos oídos para el millar de campanillas que revoloteaban a nuestro alrededor. Al fin, cuando de nuevo tuvimos que respirar aire terrenal las campanillas callaron y solo nuestras mutuas voces merecieron nuestra total y completa atención. Solo nos oíamos el uno al otro, y el resto del mundo se rindió; desapareció. No se si salimos o nos mantuvimos allí pero sé que fueron unos minutos intensos en los que nos transmitíamos una energía acumulada durante ¡dieciocho años!: alto voltaje para una descarga vital. En aquel instante dos cuerpos se fundieron materialmente en uno solo. Y aquel cuerpo nuevo se tranquilizó lo suficiente para alejarnos de aquel lugar y buscar un rincón pacífico donde sentarnos a ordenar nuestras ideas, a emparejar preguntas con respuestas, a intentar creernos lo que milagrosamente estábamos viviendo.

En aquél delirio pude enterarme de que el Señor Krauss había sufrido un infarto siete días después de la tragedia y había fallecido, y su esposa Josephine, al quedar sola, se había marchado a Suiza, libre de todo cargo. Por eso no habíamos tenido más noticias de lo sucedido. A través del abogado de la familia le llega a Marcos una caja metálica que la policía había hallado entre los restos de la caravana del “supuesto” Viejo Tobías. Y en los informes comienzan a utilizar el adjetivo “supuesto” porque al no aparecer ningún documento que acredite su existencia llegan incluso a negarla; no hay “papeles”, no hay persona. Nadie puede probar que haya vivido y no encuentran restos de ningún cadáver, luego “oficialmente” «la supuesta persona apodada Viejo Tobías no existe, por lo cual no procede continuar con su localización ni, consecuentemente, con las diligencias de su desaparición». La caja es entregada al abogado ya que nadie más aparece relacionado con el caso. Marcos recoge la caja con emoción ya que puede tratarse de un valioso recuerdo de la persona que entregó su vida para salvar la suya; según la policía solo se trataba de cartas personales muy antiguas de alguien, quizás recuerdos familiares, sin ningún valor material ni para el caso. Cuando Marcos las lee ve que son cartas fechadas en los años 1937 y 38 donde cuenta a un hermano, que está en Francia, que no piensa volver más a España. Su madre ha muerto y han heredado mucho, mucho dinero. Tobías le dice que le dará un número de cuenta de un Banco para que se lo mande porque su idea es crear un Circo para llevar la felicidad por todo el mundo, pero que no se lo diga a nadie porque él no quiere figurar para nada; contratará a un Director a través de alguien que no haga demasiadas preguntas y él se conformará con acompañar al Circo.

―¿Y ahora éste Circo?

―No creo que se trate de una casualidad, Tatiana.

―Sería muy extraño… A no ser que…

―¿Qué has pensado?

―Que cualquiera de los integrantes de aquel Circo SAIBOT haya conseguido con el tiempo rehacerlo y haya recuperado el nombre

―Solo hay una forma de saberlo. ¿Vamos?

―Adelante

Muy agarrados volvimos hasta la entrada del Circo. En cuanto el portero nos vio reaparecer llamó muy preocupado al encargado; seguro que pensaban que queríamos hacer alguna reclamación. El llevaba poco tiempo empleado y nos recomendó que esperásemos al final del espectáculo para pode hablar con el director. Por supuesto podíamos esperar dentro disfrutando de las actuaciones ya que las habíamos abonado. Nos colocó dos sillas más y el tiempo se nos pasó volando sin enterarnos de nada de lo que ocurría en la pista. Los dos disfrutamos de ver, sin poder dejar de mirar, nuestra propia imagen reflejada y mejorada en las pupilas del otro.

Cuando por fin acabó nos atendió el director. Un hombre muy distinto a aquel tremendo Señor Krauss; pequeño, delgado, y muy activo; todo nervio.

―Bien, ya me han comentado el percance que han sufrido. No saben lo que lo lamento. Les aseguro de que esto le costará el puesto al encargado del mantenimiento; ha sido imperdonable, inadmisible, inaceptable, algo impropio de la categoría de éste respetable y prestigioso Circo, créanme, yo personalmente me ocuparé…

―Calmese, cálmese señor…

―Coretto, Alejandro Coretto, para servirles

―Ah, ¿italiano? ―preguntó Marcos

―Mi pápa. Mi pápa era italiano. Yo soy argentino. ―la interrupción sirvió para calmarlo, al menos para que se callara un ratito

Marcos inició el tema:

―Señor Coretto, ¿conoce usted el origen de éste Circo?

La pregunta sorprendió a Coretto; no se la esperaba y le costó responder

―¿El origen? ―repitió la pregunta inseguro― ¿cómo empezó, quiere decir?

―Sí. Quién lo fundó. Quién lo creó, y porqué, sobre todo “porqué” se llama Saibot.

El señor Coretto sonrió mostrándose más tranquilo

―Saibot, Saibot. ¿Saben ustedes lo que significa? Muy poca gente se lo podía decir. Y es muy curioso; sí señores muy, muy curioso. Saibot, señores es el nombre, al revés, de una extraña persona, un loco, que hace cuatro o cinco años se le ocurrió organizar un Circo y cuando ya todo estaba dispuesto y preparado para funcionar, cuando aquel proyecto iba a empezar a dar dinero desapareció sin dejar señal. Al parecer se largó con un grupo de gitanos, de cíngaros que viajaban en carros. Un hombre extraño, como les decía, que según aseguran los que le conocieron, carecía de recuerdos. Sí señores, un loco de aspecto horrible, con la cara y los brazos quemados, que se gastó una fortuna en montar ésta maravilla y nunca se preocupó de sacar los beneficios. Un enfermo, un enfermo mental…

Marcos y yo ya nos habíamos dado la vuelta y nos alejábamos asqueados de aquel hombrecillo sin despedirnos

―Un momento, un momento señores; no les he dicho el nombre, ¿no quieren ustedes que se lo diga?

―Nos detuvimos en seco. Nos volvimos hacia él y ambos le ordenamos a dúo:

―¡Ni se le ocurra!

No era digno de pronunciarlo.

Un mes más tarde nos casábamos. Desde ese día soy la esposa de un zapatero. Un zapatero remendón que aprendió el oficio cuando a los diecisiete años decidió abandonar los estudios impuestos por sus padres y se fue definitivamente de casa rumbo a París. Trabajando y ganando lo justo para sus necesidades consiguió la felicidad que nunca había conocido.

Y no cabe duda de que aquella decisión posibilitó años después el milagro de nuestro reencuentro.

O quizás interviniera, de alguna manera, el Espíritu del Circo… Sabes a quien me refiero ¿verdad?

Agradecimientos de la autora:

A mis padres, al Sr. Krauss, a todos mis compañeros por no haberse empeñado en ser más protagonistas… muy particularmente al Viejo Tobías, esté donde esté, por haberlo sido sin querer ser; por su generosidad, sus consejos, su ejemplo y su entrega, en especial, con todo mi amor, a Marcos por ofrecerme su vida, por no permitir que el olvido se adueñara del tiempo, y por compartir dos maravillosos hijos, que, por cierto no se le parecen en nada.

Tatiana

Agradecimientos del escritor:

A Tatiana por permitirme contarte la historia, y a ti porque sin ti nada de esto tendría sentido.

 

Javier Bilbao Elizondo

NOTA DEL ESCRITOR:

De acuerdo con las anotaciones del diario de Tatiana y con el fin de recabar datos que me permitiesen localizar más testigos y protagonistas de la tragedia de Burdeos el mes pasado visité personalmente aquella gendarmería. Hice revisar en los archivos las incidencias del sábado 14 de julio de 1984 y, como era de esperar, negaron los hechos; me convencieron con ello que todo lo relatado por Tatiana es rigurosamente cierto.

 

MIS CONVERSACIONES CON AURELIO III (La rueda)

AURELIO III

(La rueda)

Hoy ha salido una mañana preciosa; fresca al principio pero pronto se ha dejado caldear por un espléndido sol. No he podido forzar a Aurelio a recluirlo en la cafetería y hemos preferido charlar, en mi caso oír, mientras paseábamos junto al río.

¿Qué era eso de la rueda, Aurelio?

Pues nada; que la rueda, la puñetera rueda es la culpable de prácticamente todas las catástrofes que sufrimos en la Tierra.

¡Hombre, no sé…! gracias a la rueda se puso en marcha la civilización ¿no?

Efectivamente: se puso en marcha la civilización… por camino equivocado, Javier; otra vez por camino equivocado

Cuando así es mejor callar; luego él sigue..

…Cuando se inventó la rueda ―¿ves cómo sigue?― que, por cierto, no se inventó sino que se descubrió, y por lo tanto por casualidad, se utilizó para mejorar las labores de movimiento, de traslado de objetos pesados y como ventajoso sustituto del arrastre en su primitiva forma de rollo, de cilindro; seguramente en forma de tronco o rama de árbol. De ahí se simplificó en rueda y luego surgió la carretilla. Muy bien. Luego empezaron a idear la forma de moverla, pero como te decía ayer que somos unos vagos ya se daba por sentado que todo lo que se idease para mover tenía que basarse en la rueda

Es que si no, ¿cómo ibas a mover?

¿Tú también? A ver: cuántas ruedas has visto tú en la Naturaleza?. ¡Ninguna!

¿Y con eso me quieres decir que es mala?

No, con eso te quiero decir que en cuanto alguien inventa o descubre algo ya nadie se molesta en indagar más, en buscar otras soluciones, otras alternativas

Pero si esa funciona veo lógico que los esfuerzos se concentren en mejorarla, en perfeccionarla

¿Y porqué no en sustituirla, en innovar?

¿Algo más eficaz?

¡Claro! Y más natural.

Lo dices de una forma que parece que supieras que ya existe

Es que existe

…No se me ocurre

Te ayudo: es capaz de mover la rueda, es capaz de de levantarla y de arrastrarla, y de fabricarla.

No sé… ¿y sirve también para trasportar cosas?

A galope tendido

¿El caballo?

¡Los músculos, Javier, los músculos! Deja jugar a tu imaginación: imagina que un científico descubre o idea un filamento, un hilo, que tiene la propiedad de estirarse cuando se le aplica una pequeña corriente eléctrica a sus dos extremos, y de retraerse si la corriente cambia de polaridad. A ver: imagina que está formado, por ejemplo, por partículas metálicas que se orientan como pequeños imanes colocándose en fila cuando la corriente pasa en un sentido y que se repliegan en paralelo cuando cambia el sentido de ésta ¿me sigues?

Claro

El medio, la fibra que los contiene podría ser de naturaleza sintética, nylon, por ejemplo. Si estás reticente en cuanto a la posibilidad de fabricarlo piensa que fue mucho más difícil crear las cintas magnéticas de las antiguas grabadoras y de nuestras modernas tarjetas, que no solo se orientan sino que guardan datos. Pues ya habremos obtenido una fibra muscular que funciona igual que la natural. Ahora ya no tienes límite a la hora de formar haces de fibras para conseguir la fuerza que necesites. Y se acabaron los motores, las gasolinas, el petróleo ¿Te imaginas? Vehículos que andan, que trotan, que galopan, que corren como los gatos, las gacelas, los guepardos, o más rápidos, con sus patas, decenas de patas, en lugar de ruedas, sobre todo tipo de terrenos ¡sin asfaltar!; solamente señalizados. ¡Si incluso las aves utilizan sus músculos para volar…!. ¿Tú crees que ésto no se le ha ocurrido ya a alguien?, pero la rueda, la dichosa rueda los tiene embargados. Aviones con alas que se agitan, ¡sin hélices, sin turborreactores, sin contaminación!. Barcos que nadan, submarinos que se desplazan como los delfines… ¡qué se yo! Y alimentado todo con proteínas o lo que haga falta para generar, al igual que los animales, la pequeñísima corriente necesaria para activarlos. ¿Puedes pensar en una solución más ecológica?

¿Te das cuenta de que estás planteando la mayor revolución industrial, económica, social…¡definitiva! a nivel planetario?

¡Claro!

Te confieso que de momento no tengo palabras

Entonces no digas nada, y piensa… que por ahí se empieza. ¡Ay si yo tuviese estudios…!

Pues igual serías veterinario de cabras o Ingeniero de Minas, Aurelio. E irías “sobre ruedas”

Eso sí

A ver si va a resultar que los músculos van a vencer a la inteligencia…

Vencer no; complementar, Javier; somos humanos; animales inteligentes.

Javier Bilbao Elizondo